Los orígenes del Cine Documental
Arte, el 26/10/2010 por El Triangular Magazine
El cine es una forma de expresión artística que no puede existir sin público. Mucha gente puede escribir libros, pintar cuadros o componer música sólo para satisfacer sus necesidades privadas, pero, aparte de las películas familiares, el cine es, por su propia naturaleza y costos, un medio que tiene que exhibirse a los demás, y que sólo puede financiarse mediante el patronazgo o los ingresos de taquilla.

Tanto cuando se hacían para fines de información general (noticiarios como la forma más primitiva de documental), como para fines de puro entretenimiento, las películas se destinaban inicialmente al público general y se exhibían en ferias teatros de variedades o grandes palacios del cine. Dicho en otras palabras, las películas se hacían para un público popular, identificable y conocido; y, como consecuencia, durante muchos años la producción se limitó al cine de entretenimiento.
Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial, las películas comenzaron a atraer cada vez más a los artistas e intelectuales, apareciendo un público más exigente, sobre todo en los centros en los que existía ya una considerable concentración de “intelligentsia”: París, Berlín, Roma, Londres y Nueva York.

En los años 20 se fundaron cine-clubs y sociedades cinematográficas, para que esos nuevos públicos pudieran desarrollar sus propios gustos, en lugar de tener que aceptar lo que la industria comercial les ofrecía.
En los años 20 se produjo también el nacimiento de la crítica cinematográfica especializada, junto con la aparición de las revistas cinematográficas “artísticas” e internacionales, sobre todo “Close Up”, publicada en Suiza, pero escrita fundamentalmente en inglés. Esta mayor atención al medio cinematográfico, unida a unos costes de producción relativamente bajos en el cine mudo, permitió la producción de toda clase de películas “artísticas”, con la etiqueta de cine de vanguardia o experimental.

Esas películas estaban destinadas a una exhibición limitada, fundamentalmente a los cine-clubs de Europa y las sociedades cinematográficas fundadas por los estudiantes de numerosas universidades. Algunas de ellas eran formas puramente abstractas de animación experimental, o parecidas, otras eran psicológicas, y exploraban las imágenes relacionadas con el subconsciente; otras, como en las primeras creaciones de Luis Buñuel, eran surrealistas e iconoclastas de concepción.
Un puente sobre el abismo
Durante esta época comenzó a desarrollarse también la experimentación documental. Algunas de aquellas primitivas películas eran sólo estudios fotográficos de la luz y el movimiento, tal como se encontraban en la naturaleza y en las calles de las ciudades.

El holandés Joris Ivens y sus primeras películas sobre toda clase de acontecimientos cotidianos; De Drug (El puente, 1928) pone el acento en los complejos movimientos necesarios para levantar un puente colgante cada vez que pasan barcos por debajo.
Ivens consideró aquel puente como:
“…un laboratorio de movimientos, tonos, formas, contrastes, ritmos…siempre se descubrirá algo nuevo, el deslizamiento de una sombra, un temblor significativo de los cables, o un reflejo más expresivo que otro”.

Regen (Lluvia, 1929), llevaba el subtítulo de “poema cinematográfico” y mostraba las abigarradas calles de Ámsterdam durante y después de una tormenta, con el agua de la lluvia cubriendo las calles y corriendo hacia las alcantarillas, o resbalando sobre los cristales de las ventanas y los tejados de las casas.

No podía haber un tema más simple, el estudio impresionista de la vida de una ciudad durante una tormenta, ni nada más complejo y preciso que el montaje de esas deslumbrantes imágenes de la lluvia sobre las calles resplandecientes.
El juego de la luz sobre el agua en movimiento parece haber hechizado a numerosos pioneros del documental.
El uso de los objetivos
El selectivo ojo de la cámara puede convertir lo ordinario en extraordinario y, desde el primer momento, los cineastas comenzaron a ver el entorno que los rodeaba desde un punto de vista distinto. Mediante el trabajo de cámara y el montaje, las películas que mostraban la actualidad fueron avanzando en una dirección cada vez más abstracta y compleja.

Quizás ningún documental “abstracto” pueda superar a la bella serie de películas sobre la vida marina rodadas por el naturalista francés Jean Painléve, cuya fotografía submarina, embellecida por el montaje y por espléndidas partituras musicales impresionistas, convirtiendo en poesía a la simple observación de la naturaleza. De todos sus títulos destaca sobre los demás L’ hipocampe (1933), con música de Darius Milhaud.

Música para los ojos
Muchas de las películas de los años 20 y 30 crearon un pequeño sub-género, el de las llamadas “sinfonías de una gran ciudad”. El flujo y reflujo de la vida urbana a los largo de las veinticuatro horas del día estimuló el montaje de innumerables escenas hasta convertirlas en una especie de “sinfonía visual”. La mayoría de estas películas, casi todas mudas, resultan bastante anticuadas hoy en día, pero conservan cierto valor como documentos históricos y artísticos que reflejan los intereses y entusiasmos de una era remota. Algunas, como las películas de Painléve, son obras intemporales del arte cinematográfico por derecho propio.

Sin embargo, probablemente la más memorable de todas estas películas es “A propos de Nice” (1930), rodada por un joven director, Jean Vigo, que sabía que su vida iba a ser corta, pues padecía de tuberculosis, y cuya historia familiar no podía haber sido más trágica.

Vigo marchó a Niza buscando un alivio a su mal estad de salud y se quedó inmediatamente sorprendido ante los extraordinarios contrastes visuales que ofrecía la ciudad.
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La opulencia, autoindulgencia y excesos egoístas de los habitantes ricos y de los millonarios que pasaban el invierno en la costa, o que se habían retirado a ella para esperar la muerte en medio del lujo y la comodidad, contrastaban violentamente con la pobreza y las privaciones de la vida en los barrios bajos.


La fiesta primaveral de la Batalla de las Flores, en la que los jóvenes desfilaban junto a gigantes y cabezudos, iba montada en paralelo con el sombrío esplendor de los cementerios para los ricos, con sus barrocos mausoleos y monumentos. Utilizando la cámara semioculta para conseguir reveladores retratos de los decadentes y envejecidos pobladores de la ciudad, Vigo rodó una película de protesta estética que le aseguró fama y le convirtió en cineasta profesional.
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