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Amor, la Mujer y Sexualidad en la ancestral cultura mapuche

Cultura, el 10/10/2010 por El Triangular Magazine

 
 
 
 
 
El Amor en la cultura mapuche, es concebido esencialmente como una clarividencia lúcida y no como un enceguecimiento pasional. Para el viejo Arauco, el amor sería una forma de iluminación solar, un amanecer del espíritu, la recuperación de la aurora interna, por lo que es asociado al alba, a la madrugada, al renacimiento donde la claridad de las certezas traspasa la realidad y hace transparente la opacidad artificial de las cosas.
 
 
En mapudungún (lengua mapuche) el Amor se puede  asociar etimológicamente al concepto Ayün o aiñ que encierra tres nociones básicas en su raíz: Belleza, Luz y Transparencia, lo cual está directamente relacionado con el vocablo aywon (también ayon) que significa “nacimiento de la luz”, o literalmente, “luz que mira”.
Además, aywon, raíz directa de ayün, se traduce en algunas zonas de la Araucanía como “amanecida”, “sol naciente” y en otras, designa la cualidad transparente de los cristales, el tipo de luz que se espejea en las aguas transparentes y que tiene la virtud de devolver la imagen. 
 
 
Mujer: La enlazadora de los  mundos
 
Ancestralmente se concebía a la mujer como una “enlazadora de mundos”, una portadora del karma, poseedora de la llave con que se abrían o se cerraban los destinos de los hombres ligados a ella, ejerciendo un poder  notable en la naturaleza.
 
Es así que por ejemplo, el adulterio femenino, contenía en sí mismo una importancia crucial debido a la propia condición íntima de la mujer,  capaz de desatar un conjunto de influencias que evidencian el mapa psicológico-moral de un pueblo.
Se creía que “por intermedio de una misma mujer la existencia del marido quedaba misteriosamente unida a la del amante”. Y el cronista agregaba sentencioso: “se creía que si el amante de la mujer casada se enfermaba o si se moría, al esposo le pasaban las mismas desgracias” (Citado por H. Gunckel, en “Travesía” N° 9 Dic., 1949, Temuco). 
 
 
Por lo tanto, si una mujer es capaz de modificar e influenciar drásticamente el destino de su esposo -tanto si ocurre en una entrega fiel o como en el estado ambiguo de “casada infiel”- con absoluta más propiedad podrá condicionar el destino de un hijo, un fruto de su propio vientre. 
Y es que una vez sembrada la semilla del hombre en la mujer y el embrión comienza a formarse, la administración de las fuerzas de la vida la dirige la mujer y lo que ella haga o no haga será decisivo tanto en su vientre como en su mente.
Justamente a ella se le atribuye por tradición el mérito de forjar el coraje guerrero del viejo Arauco, mediante la práctica de un rito de embarazada, donde con su mente cada amanecer “inyectaba” al sol invicto en el embrión. Por ello la embarazada nativa tenía un marcado carácter de Tabú, donde se interrumpía drásticamente su intimidad conyugal, se le apartaba físicamente de la tribu y se le construía una choza especial; se quemaba su ajuar porque de ella se desprendía una fuerza prodigiosa, que sobrepasaba el control de los fenómenos cotidianos. 
Como una diosa que de pronto se tornaba extranjera a la tribu, esa mujer se veía envuelta en una fuerza peligrosa, extraña, inmanejable y perturbadora porque de ese claustro preñado se podrían desprender y descolgar por el mundo -como del cofre de Pandora- todos los bienes o todos los males del universo. Ese vientre podía modificar el curso del mundo y transformar el derrotero de los destinos
 
La Fütapura
 
La expresión fütapura, “señorita” se aplica a la mujer en su estado prenupcial, un concepto que revela en sí mismo cómo la sexualidad femenina mapuche está dotada de  bastante riqueza y sugestión.
Al desglosar la palabra se descubre su significado ontológico orientado hacia la vocación de la mujer: Füta, es “gran marido”, “esposo de calidad divina”, “sabio, anciano, alto”, el infijo pür, por su parte, es una forma lingüístca del verbo pürn, “teñir, “el tomar la tinta en el paño”, de donde deriva el adjetivo: pür “teñido”, “teñida”. Y finalmente el sufijo a, que corresponde a un apócope del sustantivo am, “alma”. Aunque también puede conectarse con una contracción de la voz ad, que como adjetivo significa “armónica”, “bonita”; “de buen aspecto la faz)”.
Reuniendo de nuevo las partes, se puede leer “señorita” como  füta pür am: “la que aspira teñir su alma por un marido noble”. Esta definición de la mujer soltera en edad de casarse, hay que asumirla en el contexto de la importancia que la tradición mapuche daba a la primera relación sexual de la joven célibe. 
Las madres tenían la misión de enseñar que el primer hombre para una mujer debía ser un küme kona, un “buen guerrero” porque en ella iba a quedar marcada la semilla e impronta  de su espíritu de fuerza, que podría ser de calidad superior o bien corresponder a nada más que el bajo apetito de su animalidad no “vigilada”. 
Esto explicaba por qué  muchas mujeres mapuches, a falta de varones con poder y calidad propios, preferían ser la cuarta a quinta esposa de un gran jefe, de un Füta longko, ya que esto representaba una garantía de una influencia masculina superior, que iría a teñir con calidad su virginal interioridad. 
En conformidad con la tradición, este “teñido del alma” se evidencia en el aspecto físico de la mujer luego que ella “conoce” por primera vez a un varón. La sabiduría popular mapuche lo cristaliza en un elocuente proverbio Intas wilkitulu kalewetui: “guinda que pica el zorzal, cambia de aspecto”.
 
 
 
El impulso erótico y el acto sexual
 
Tayülün ka kefafan
müley ngillatun mu
nayi – ñayingey
ka ütrüflongkome
key ñi tapayu kurü anay,
yedomoalu wentepüle 
 
Canto tradicional mapuche
Ya hay canciones sagradas y gritos de alabanza / en el gran ritual de unión con lo divino; / Por eso está inquieto y pide rienda mi caballo negro, / con el brioso deseo de llevar una mujer / que galope en ancas de mi caballo / hacia lo más alto de esa fiesta..
 
 Seducción Mapuche- Pintura al oleo de Enrique Díaz 
 
La partícula lingüística clave para una aproximación al concepto de “sexo” o de “sexualidad”, en mapudungún,  es el prefijo ku, sobre todo cuando cumple la función de sílaba inicial que denota concavidad o canal fecundo, canalización de la energía. 
Este prefijo aparece constituyendo tres palabras cuyo significado ayuda a comprender la notable función semántica en el vocablo que alude a la sexualidad. Aparece en kuram: “huevo”, kutri: “vagina” y kudañ: “testículo”. Como se ve, todas las acepciones apuntan a lo mismo: ku dice relación con un “hueco” o “canal” que produce el germen o el fruto de la vida.
El acto sexual o coito, a su vez, se designa como kurretu que literalmente significa “acción circular y recíproca que se hace con la kure, es decir, con la “esposa”, palabra que se traduce etimológicamente como “la que torna pura la energía de la vida”, la que “purifica o ennoblece la fecundidad”. 
 
El sexo en el pensamiento indígena es una fuerza extremadamente poderosa, creadora y envolvente de todas las facultades humanas. Una fuerza que decide su “bondad” o su “moral” según la dirección hacia donde se la empuja. 
Por eso lo más relevante es conocer el propósito que se escoge para someter ese cúmulo de energía disponible. Sabiduría para elegir una meta y sabiduría para guiar hábilmente y con mano diestra las riendas del “caballo del deseo”.
 
El erotismo y el acto sexual eran dignificados y ennoblecidos a través del arte de conducir “el caballo negro hacia lo alto de la fiesta”, vale decir, una tradición, una experiencia mística previa. 
 
Porque dar rienda suelta a la libido no conduce a ninguna parte y el sexo permanece en su opaco estado de bestia negra si el jinete y la acompañante de su grupa resultan sordos al “rito de arriba”, al que sólo se accede bajo el transporte de un “brioso deseo” de comunión con lo divino.
 
 
 
Ngapitun: El rapto
 
En mapudungún el  “Rapto de la esposa” y “matrimonio” son equivalentes y se expresan lingüísticamente en la palabra ngapitun
El rapto generalmente era preparado y simulado, e implicaba evaluar las cualidades viriles del novio, por eso la familia compuesta por padres y hermanos de la novia  ofrecían resistencia y vigilancia.
El caso más emblemático en este sentido lo constituye la hazaña de Trekamañ Manquilef, un longko de fines del siglo XIX, quien recorrió desde Quepe al fuerte de San Luis de Mendoza, casi 3.000 kilómetros a caballo, para “robarse” a María de la Vacca Riveros, esposa del comandante en jefe de los Regimientos argentinos. Ella, al cabo de un año y de tener un hijo con Trekamañ, ante la oferta de éste de devolverla a Buenos Aires, donde estaban su ex esposo y sus cinco hijos, decide continuar con el cacique en su reducción de Quepe. Este hecho se ubica como el evento fundamental del orgullo familiar y de la sabiduría popular local: “A los Manquilef, todas las mujeres le saldrán bonitas porque Trekamañ fue un valiente”.
 
La conquista de la mujer: Trepelay mi duam (mantén tu mente despierta)
 
El ideal cotidiano de la vida guerrera masculina era mantener la actitud vigilante y despierta del acechar guerrero (lloftulen), para así tener una “buena esposa”.
 
Para “tener mujer” se necesitaban ciertos  requisitos previos:
 
Primeramente está la capacidad económica, mediante pago una dote (mafün) al padre. Esto queda reflejado en el proverbio que aún se escucha en la Araucanía: Kure pikelayaimi nienolmi iael: “no le prometas hacerla esposa si no tienes comida”. Pues el primer deber del varón y de todo ser vivo es el de procurarse a sí mismo y a otros alimento y abrigo, de no cumplir con esto, queda inhabilitado de inmediato en su derecho a tener esposa, máxime si la tradición ancestral hablaba que el guerrero (koná) debía “merecer mujer”. 
Asimismo, tener una mujer evidenciaba la madurez iniciática del varón. Es decir, cuando el joven volvía de Puelmapu (la “tierra del oriente”, Argentina), debía volver con ganado, joyas de plata, traer el ükupuerta (los signos de haber encontrado “la puerta del poder” en unas famosas grutas llamadas kuramalal), y mujer. Estas eran las pruebas y evidencias que reflejaban que el varón ya no era un mero wentru (“hombre”), sino un koná, un iniciado en el conocimiento y en la guerra, tanto visible como invisible.
 
Unirse a una mujer o a varias de ellas era signo no sólo de prestigio material sino de poder personal. Ellas eran, tanto esposas como hijas y nueras, la garantía de la prosperidad de los caciques, porque se creía que ellas eran la llave al mundo de la materia. Tanto es así, que sin ellas, los longkos no realizaban ninguna transacción comercial. Por eso en el decir de la Araucanía se señala que  “para que un negocio resulte, la mujer debe estar de acuerdo”.
 
Lo implícito en esto es la idea mítica de que la mujer no sólo representa la fertilidad de la naturaleza, sino que todo tipo de prosperidad está vinculada con su vientre. A ese respecto, es interesante recordar aquí las motivaciones que tenía el cacique Kallfukurá para llevar a sus 33 esposas a lo alto de un cerro mientras él, en lo bajo, hacía sus operaciones de estrategia militar y de batalla. La tradición afirma que lo hacía de este modo, “para que ellas, con su mente, le parieran la victoria”.
 
 
 
Fuentes y referencias:
Basado en el libro: Magia y secretos de la mujer mapuche: sexualidad y sabiduría ancestral; Autor: Mora, Ziley; Editorial: Uqbar
 
http://www.hipernova.cl/LibrosResumidos/Historia/Mapuches/Historia-Mapuche-2.html
http://www.dibam.cl/patrimonio_cultural/patrimonio_zonas/art_mapuche.htm
http://www.dibam.cl/patrimonio_cultural/patrimonio_zonas/art_mapuche02.htm
 http://www.alihuen.org.ar/eco-chicos/diccionario-mapuche-espanol.html

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