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Leyendas del Bicentenario chileno: El Alicanto

Cultura, el 14/09/2010 por El Triangular Magazine

 
 
 
 
 
Sólo el  minero que pasa buena parte de su vida sin ver el cielo, pudo imaginar un pájaro que no vuela: es el alicanto.
Vive en las cercanías de las minas de oro y plata, y no por  capricho: esos minerales constituyen su alimento preferido. No es raro entonces, que con el estómago cargado de tan preciosa ración le sea imposible alzar el vuelo.
Tampoco es raro que sus ojos despidan plateados destellos, y sus alas tengan brillo luminoso. Ni siquiera podrá extrañarnos que ponga huevos de oro o plata, según sea el mineral donde anide.
La parte verdaderamente asombrosa del alicanto se refiere a ciertos extraños poderes que Dios le dio.
Lo primero es que su cuerpo no proyecta sombra alguna sobre la tierra. Lo segundo es la capacidad de apagar a voluntad el fulgor de sus alas, si se siente perseguido. Este recurso, sumado a su precaución de abandonar el nido sólo al anochecer, ha salvado a esta especie mitológica del peligro de extinción.
También ha contribuido el hecho de que, al revés de lo que sucede con otras valiosas aves que viven en vecindad del campesino –torcazas, perdices, codornices-, un minero jamás mataría a un alicanto. Todo lo que quiere es seguirlo ¿ustedes ya adivinan por qué! Y también lo sabe el alicanto.
Porque él no es el portero de la mina, que cuida sus tesoros, sino un habitante de la naturaleza que puede conducir por el camino correcto al hombre que sepa interpretar sus señales.
Aunque la historia no lo diga, la leyenda sabe que un alicanto guió al cateador Juan Godoy por cerros y quebradas, antes de mostrarle el rico mineral de plata de Chañarcillo, el 16 de mayo de 1832.
Porque el alicanto sólo entrega sus tesoros a los mineros de corazón. Al verse perseguido, somete a prueba al hombre: se esconde para probar su inteligencia; lo hace subir y bajar para demostrar su constancia; lo hace esperar y desesperar para probar su fe. Si descubre que sólo lo guía la codicia, apaga sus alas, se camufla tras un peñasco o su indignación puede llegar al extremo de conducirlo hasta el borde de un barranco.
 
 
Sólo cuando descubre una auténtica vocación minera, el alicanto se convierte en lazarillo alado que conduce al hombre hacia la veta de mineral más fino.
La historia de la minería chilena está llena de “casos incomprensibles” para el ingeniero, o “extrañas circunstancias” para el periodista, pero que resultan absolutamente normales en tanto se estudian las sabias costumbres del alicanto.
Por ejemplo, serios historiadores escriben que el arriero Fermín Guerra, de viaje a Copiapó, “de pronto perdió el rumbo y anduvo mucho rato desorientado, hasta que finalmente llegó a una sierra que tenía tres depresiones, y allí encontró una veta” (en el libro “Cien años de minería en Chile”, citando a Benjamín Vicuña Mackena y otros;  1980) Refiriéndose al pueblo de “Tres Puntas”, surgido en ese hallazgo, dice sorprendido el diario de Copiapó: “Como por encanto  hemos visto levantarse hermosos edificios particulares y obras públicas de importancia. Asombra ver aparecer como por mano de hada…”
¡Y tenía a medias razón! Porque, como en toda labor minera, el encantamiento existía. Pero no de rubias hadas extranjeras, sino del legendario alicanto nacional que, como los sufridos mineros, renunció a su porción de cielo por buscar en las entrañas de la tierra la riqueza que está guardada –no esconde- para todos sus hijos.
 
 

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