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Percibir, Sentir y Razonar

Consideraciones sobre el Mito y el arquetipo de Lilith

Cultura, el 17/08/2011 por Graciela Oses

 

En cualquier mito se pueden distinguir, al extraerse los rasgos regionales, las estructuras universales. Para Aristóteles (citado por James Hollis, 1995) “el mito era más revelador que la historia” –las peculiaridades de la historia pueden enredar al observador, pero en el mito se manifiesta el modelo atemporal y esos modelos se reflejan en el mundo moderno. Animaban la mitología figuras que siguen moviéndose por nuestras almas, en guiones que se repiten, reeditan y nos ligan nuevamente a las zonas atemporales del psiquismo”. Como dice Rilke: “Una vez más dejen que sea su mañana, Dioses/Seguimos repitiéndolo/Ustedes son la única fuente”. Siempre la misma historia, variantes de Liebestod, dioses y hombres, “posados en los peñascos del tiempo”, contemplando nuestras “cuevas”, la profundidad de nuestra alma.

 La consciencia mítica es una dimensión estructural del hombre y la naturaleza específica del mito es el símbolo. El mito es el discurso simbólico por excelencia y los dos representan la manera por la que la consciencia arcaica explica el mundo. El mito sería pues “el discurso audible de los símbolos: su impulso fundamental consiste en transformar lo pensado en lo ocurrido” (Albizu, 1978) citado por Nasin Yanpey. También según Yanpey, “los símbolos constituyen enigmas que no bloquean la inteligencia sino la provocan. Aparecen y desaparecen, cambian su valor y sus funciones. Señalan tanto lo arcaico como las figuras anticipadas de nuestra existencia”. Para expresar su angustia y su esperanza, inventa símbolos y “produce la anticipación a partir de la reminiscencia y el arcaísmo produce las profecías”. Por consiguiente, todo “mythos” contiene un “logos” que le pide para ser “revelado” o “recreado”.

 


El mito es la abertura secreta desde donde son lanzadas las energías inagotables del cosmos en las manifestaciones culturales humanas y la función principal de la mitología y del rito siempre ha sido ofrecer los símbolos que hacen progresar el espíritu humano (Joseph Campbell). A través de los mitos personales puede ser interpretado el pasado, comprendido el presente y encontrada también la orientación para el futuro. Los mitos señalan “las más amplias cuestiones de identidad” y las raíces de la mitología personal son basadas en la mitología transmitida por la familia, impregnadas de “esperanzas y desilusiones de generaciones anteriores”. La familia “como un recipiente en el que la genética y la mitología cultural son amalgamadas y convertidas en la estructura mítica única que forma el desarrollo personal”.


Maurice Leenhardt (1947), citado por Junito Brandão, añade que el mito antes de ser comprendido y formulado es sentido, vivido. Parole, palabra revelada, lo dicho, es la representación colectiva transmitida a través de generaciones, historia verdadera que ocurrió en el tiempo primordial como nos acuerda también Mircea Eliade. La “narrativa de una creación nos dice de qué manera algo que no era empezó a ser”. No es definida (Roland Barthes, 1970) “por el objeto de su mensaje sino por la manera como se la profiere”.

 


De todas las figuras del Midrash, Lilith es una de las más destacadas:

Es en el Midrash rabínico probablemente basado en leyendas más bien primitivas, que encontramos la amplia descripción de Lilith (Lilit, Malkah ha-Shadim). En aquel entonces los rabinos empezaron con referencias bíblicas la primera creación del hombre como un ser “bisexual” –“masculino y femenino”. De esta forma Él (Dios) lo creó (el primer humano).

Algo similar a lo propuesto por Aristóteles en el famoso banquete de Platón, un ser dual más tarde dividido en dos y que después permanecería para siempre en búsqueda de su otra mitad.

Sin embargo surge la cuestión de la posterior creación de Eva: si la mujer fue creada a partir de Adán, ¿qué le pasó a la mujer creada antes de Eva tras su creación?

De acuerdo con el Midrash, ella, Lilith, creada con Adán se rehusó a atender sus exigencias, a someterse a él y al fin huyó de él usando el “Nombre Inefable”. Adán se quejó a Dios de su soledad y se siguió la creación de Eva y luego la “caída” y la expulsión del Edén. Al acusar a Eva de lo ocurrido se separó de ella y estuvo durante algún tiempo con Lilith pero al fin volvió a Eva.

Durante este período Lilith generó numerosos hijos que se convirtieron en demonios y cuando se reconciliaron Adán y Eva, Lilith se convirtió en Reina de los Demonios. En algunas versiones ella era la mujer de Samael y en otras permaneció solitaria.

De cualquier forma, las fuentes rabínicas no presentan a Lilith de manera favorable (aunque Adán no se salió tan bien así). Ella era vista como arquetipo de la mujer mala. Feministas modernas, especialmente feministas judías, intentaron mostrar a Lilith como una mujer ideal rechazando los intentos de un Adán dominador. Como la “otra mitad” literalmente, Adán como un todo incluye Lilith. Adán-Lilith, “andrógino hermafrodita es la unión en forma original de la humanidad”. La leyenda no dice si este ser humano dual fue unificado lado a lado o por las espaldas. Si fue por las espaldas, Lilith se convirtió automáticamente en la sombra de Adán. Con las dos mitades divididas, en vez de tratarla como igual intentó dominarla y al perder Lilith, Adán perdió también la mitad de su propio self. Por causa de la historia anterior, disimuladamente, mientras dormía Adán profundamente, surge Eva, la “Madre de todos los vivientes”.

 

La serpiente (según algunos la propia Lilith) hizo con que la segunda Lilith, Eva, condujera a Adán a alcanzar el Conocimiento del bien y del mal y de esa manera convertirse en un ser humano espiritualmente consciente. Sólo en el siglo XX ha sido posible que Lilith (oscurecida por la niebla de la demonología de miles de años) fuera revelada contemporáneamente como la primera mujer en la tierra igual al hombre y libre en espíritu.

Hace poco que se extinguieron las hogueras de las brujas haciendo que volviera Lilith como amplificación de los mitos lunares ligados a las temáticas sexuales. A partir de Freud y Jung su abordaje ha cambiado, ya no siendo comprendida “como una divinidad exclusivamente arcaica sino analizada como un arquetipo del alma dividida, llevada nuevamente al más originario arquetipo de la “Gran Madre urobórica bivalente que refleja la represión parcial de los instintos y la censura de las funciones sexuales”. Sicuteri (1980), al escribir sobre Lilith-la Luna Negra, resalta los estudios de Freud, Jung, Neumann y Hillman después que Jones, Silbere y Abraham, unos de los pioneros del psicoanálisis, abrieron paso para el análisis de los mitos.

 

El binomio Lilith-Eva es mencionado por los psicoanalistas “dentro del tema consciente de conflictos instintivos indicando las vías para una nueva conducción de las funciones reprimidas”, mientras que los psicólogos profundos enfrentaron más extensamente, según Sicuteri, “toda la mitología lunar partiendo del análisis del arquetipo que, en la separación se hace presente con dramática lucidez”. En los últimos decenios Lilith afloró a la consciencia de una manera tan enfática que penetró definitivamente en los hábitos de masa como “imagen folclórica de recuperación del feminismo y síndrome de la emancipación de la mujer”. Se han desbloqueado las censuras culturales con respecto al mito de Lilith.
El gran escritor Borges (1996) nos habla de una Lilith que en la imaginación popular ha asumido la forma de una mujer alta, silenciosa, de negras y sueltas melenas. Lilith, la Luna Negra. La misma que para vengarse de la mujer humana de Adán, Eva, la instigó (Lilith-Serpiente) a probar el fruto prohibido y a concebir a Caín, hermano y asesino de Abel. Inicialmente pasó a ser imaginada como Layil (Noche) y en la Edad Media se convirtió en un “Espíritu nocturno”. Ora ángel, ora demonios que asaltaban a los solitarios y/o andantes.

En la Kabbala (Judy Weinberg) Lilith es un “ser independiente” creado con materiales iguales a los de Adán y el Zohar aborda el tema de la bisexualidad de Adán. La imagen de una Lilith “asesina de niños” no tiene fundamento en el Talmud y parece recordar más bien al demonio babilónico Labartu o Lamashtu.


A lo que se refiere a la mujer latinoamericana, resalto entre los estudiosos del tema acerca de la investigación de la actual identidad y “selfidad”, a los doctores Antonio Santamaría y Olga Santa María (La mujer Colombo-mexicana en el mito. Diálogo psicoanalítico con un mexicano). Para los autores mencionados los mitos resultan de experiencias vivenciales que nos remiten al lugar de la madre y del padre: la transmisión biológica integrada a la cultura: “la mujer vive en su interior, permanentemente, tendencias contrapuestas y antinomía vida x muerte”. Abordan también la cuestión de la “infidelidad” de la mujer (¿traición o evolución?) y la sexualidad a través de los mitos. La relación vivenciada entre los mitos y la mujer colombo-mexicana actual, la mujer mexicana valorizando más la función materna que la sexualidad expresiva y de la pareja, bien como la mujer colombiana valorizando menos la maternidad que el papel de libertad, obsevándose la influencia basada en el patriarcado en México y en el matriarcado visible en la mitología colombiana.

 

 

 

Relato: El pasado arcaico y la historia individual y familiar de Lilith-Eva


Resumen
A partir del mito de Lilith-Eva y del incesto, la autora hace una incursión en los arquetipos femeninos, entre los cuales Palas Athenea, Hera, Afrodita, Diana, Ceres, Vesta y otras, buscando comprenderlas a la luz de la contemporaneidad. Han sido también abordadas investigaciones actuales de identidad y “selfidad” de la mujer latinoamericana a través del estudio del mito de la mujer colombo-mexicana. Aborda también el mito de Electra intentando establecer una ligación entre el pasado arcaico y la historia personal, individual y familiar de una paciente que sufrió abuso sexual en la niñez y que en el presente trabajo es llamada Lilith-Eva.
Palabras clave: Mito, arquetipo.


Lilith-Eva es una mujer de 36 años, atrayente, sensual. De pronto, llama la atención su voz infantil, su timidez (al mirarla me acordé, sin darme cuenta del porqué, del personaje Macabea de Clarice Lispector). No me miraba de frente y las lágrimas le inundaban la faz. Repetía “sufrir mucho” y sentirse “muy culpable”... Ese “algo” de Macabea en ella contrastaba sobre todo con su estilo de vestirse en el momento, como una ejecutiva moderna de traje, zapatos de tacón, medias de seda, maletín.

Al hablar de su profesión se completó el diseño de una Palas Athenea moderna preocupada por la honra, la justicia, la virtud, la filosofía. De a poco con el pasar del análisis pude entender mejor la polifacética mujer a quien llamo y les presento como Lilith-Eva.
Está en análisis hace menos de seis meses. En una de las sesiones, bajo profundo impacto emocional me describió lo que denominó “seducción” con profunda resistencia, diciendo sentirse (lo que siempre repetía) “muy culpable” y que merecía “morir, ser condenada”. Dijo cómo el Padre, “grande, alto, bonito, de bellos cabellos, bigote, fuerte, amante de los deportes, la conducía en los brazos cuando tenía seis, siete años, la posaba en sus piernas en la mecedora, la besaba en la boca, acariciaba sus senos... “la culpa” que sentía por “complacerle” y “traicionar a la madre”. A la vez odiaba a la madre, culpándola por no amar al padre (él le decía que ella, la madre, era el gran amor de su vida). El odio, los celos, la envidia de la bella hermana mayor, cuando supo que fue de la misma forma deseada y regalada por el padre. La madre se portaba como una mujer sin luz propia, como una resignada Hera protectora y centinela de las hijas (a pesar de todo) y muy celosa del marido. Resignada Hera, enfurecida cuando el marido la traicionaba con otras mujeres, a las cuales acusaba. Pero como en el mito, el arquetipo femenino la hacía preservar el marido y acusar a “sus amantes”.
El Padre, como un Zeus, humano, olímpico, patrilíneo, cumplía su designio, en aquella antigua calle de las afueras, en la modesta casa donde era capaz de todo. Se emoborrachaba y llegaba a casa amenazando de muerte a la mujer y a las hijas, con un revólver en mano, clamando incendiar la casa si ellas se rebelaban. Mentía y amenazaba de la forma más contundente. Todos perdían la voz ante él. Mi Lilith-Eva (nuestra Lilith-Eva) desde muy chica era silenciosa, estudiosa (para “agradar” al padre). Tal como Palas Athenea, la hija más querida de Zeus, lograba despertar la indulgencia del Zeus-Padre-Madre, jefe de aquella dramática familia Olímpica. La esposa, María-Hera, nunca sonreía y hacía exigencias al marido, usando estrategias para calmarlo. Así, algunas horas después, el Padre-Zeus salía y volvía con un pez grande y sabroso, iba a la cocina, hacía una rica cena y todos comían juntos a la mesa.
Cierto día Lilith-Eva no soportó todo y se lo dijo a la Madre – “S. (la analista), ella ya lo sabía desde cuando lo hacía a mi hermana mayor, ¡qué horror!...”. Como dice el mito, un día la madre dejó el hogar, el padre, y se fue con sus hijas.
Decía Lilith-Eva, “no la perdono: mi mundo paró en aquella terraza, en aquel patio de la casa modesta bajo el mango, en el columpio, mis juguetes”. Allí donde esperaba “toda coqueta que mi padre bocinara, que yo corriera, le abriera la puerta, lo abrazara, buscara sus sandalias, le sacara los zapatos... Otras veces “subía en el portón alto, la falda al viento, para mostrar mis piernas bonitas por detrás de las rejas del portón...” “Hace falta que sepas, S., que me quedé parada en aquel tiempo, en mis seis, siete años. Él era la única persona que me hacía cariño, me llevaba para pasear, me hacía regalitos, me llevaba con él tomados de la mano para comprar el pan en la panadería...”
Lilith-Eva sufría por no poder volver al pasado ni vivir en el presente. Se “ahogaba” en los estudios y oposiciones para un alto puesto que la iría a “dejar protegida”. Era cuando se mostraba Guerrera (escondía la Pequeña Eva), rivalizando al lado de compañeros hombres. También Palas, calculadora y que “usaba a los hombres”.
Se casó (con un compañero de la facultad) pero se separaron enseguida. Después vivió una fase prácticamente promiscua, en la que como una “Diosa Alquí-mica”, una “Afrodita Moderna” elegía el hombre que quería (fue la época en la que practicó tres abortos). No les tenía afecto a sus amantes, fortuitos o no, y creía que “ningún hombre tenía buen carácter, todos eran malos, traidores”. El ex-marido la protegía de cierta forma como el Padre-Zeus. Cierta vez estaba con él (era mucho más la Pequeña Eva) y le contó llorando lo que le había pasado entre ella y un superior jerárquico que hacía algún tiempo la habría violado. Ella había quedado “callada, sin reaccionar, sin decirlo a nadie”, “como si yo mereciera aquello, como si mereciera morir”. Sólo no le contó a su marido lo que le pasó a ella con su Padre. El ex-marido pasó a protegerla y ella se volvió cada vez más dependiente de él – “él hacía todo para mí pero no conseguía amarlo”. Las noches de insomnio de Lilith-Eva y su “cueva interna” poblada de demonios de la niñez. Quería matar (los abortos) a sus propios hijos generados y “matar a su padre.” ¿Cómo, S.? Si lo amo, clamaba... Odio a mi madre, la culpa es toda suya, sólo lo perdono cuando consigo pensar en él como una enfermo, lo que pasa ahora que empecé el análisis.
Quería ser protegida, amparada, acogida y esperaba incondicionalmente todo de mí. El hecho de que tuviéramos un “contrato” en el que ella tenía que pagarme, constituía un “conflicto” cada vez que se acercaba el día del pago; atrasaba, faltaba, quería un analista Madre-Padre-Marido que la dispensara de todas las responsabilidades de la vida adulta. Reeditaba una vivencia de profundo sufrimiento en la transferencia-contratransferencia en las sesiones difíciles y a veces de casi impasse.
Cierta vez Lilith-Eva me dijo que casi no había creído cuando me dispuse a atenderla, no podía creer que la aceptara. Tiene consciencia de que es “muy condescendiente y temerosa” ante figuras que representen autoridad para ella, dejándose explotar en su tiempo, sueldo e incluso sexualmente. A veces es sumisa como Ceres, habiendo adquirido la habilidad materna de actuar “entre bastidores”, como una Perséfone contemporánea. Cuando el odio por los hombres es muy grande, se aleja de ellos, como una Diana “que ha optado por no ser tocada por cualquier hombre”, o quizá una Vesta.
La importancia del trabajo de los doctores Santamaría y Santa María al estudiar entre otros la Guatavita colombiana, la Malinche mexicana, Virgen de Guadalupe, la Diosa Coatlicue, madre auto-fecundante, Pisperama, “damas hedonistas pre-genitales”, nos hablan de la necesidad de “modelos femeninos nuevos y reales” por parte de nosotras, mujeres psicoanalistas latinoamericanas, ofreciendo “el propio modelo” y/o “valiéndonos de los mitos colombo-mexicanos”. Añadimos la necesidad de que, inspirados en estos trabajos, recurramos al estudio de otros mitos y otras culturas latinoamericanas para la investigación de la actual identidad y “selfidad” de la mujer latinoamericana. Tema fascinante y que seguramente tendrá nuevas profundizaciones y secuencias en trabajos futuros.
Clitemnestra, cuenta el mito, se casó con Agamenón, Rey de Micenas, convirtiéndose de esta manera en reina. Tuvieron una hija, Electra, la Alumbrada. Enseguida cuando Electra ya era mayorcita, tuvieron un niño a quien llamaron Orestes. La familia crecía así hasta que la reina se enamoró de un enemigo mortal del marido y se convirtieron en amantes. Planearon el asesinar al Rey en una bañera. Clitemnestra se casa con Egisto y reinan durante muchos años, muy enamorados. Egisto empezó a maltratar a los niños que habrían muerto si la madre no los hubiera socorrido. Electra, apenada por el hermano, favorece su fuga y él queda bajo los cuidados de un tutor. Se ha hecho caballero en el arte, guerra, medicina, etc. Según algunas versiones del mito, un día el propio dios Apolo le asignó a Orestes la más terrible de las misiones: vengar la muerte del padre. Él vuelve a Micenas, reencuentra a la Princesa Electra y los dos planean la muerte de la pareja real. Electra mantuvo un profundo e intenso odio secreto contra la madre y su amante. Ha sido ella la cabeza pensante habiendo su hermano actuado bajo sus órdenes. Las Furias Eríneas, representantes del remordimiento por el crimen del patricidio y matricidio reclamaban la muerte de Orestes. Electra no clavó el puñal, no fue acusada, sólo considerada mentora y motivada por el gran amor por el padre, tan grande que la hizo planear la muerte de la madre y del amante a través del hermano. Orestes fue acusado, las Eríneas convocaron al tribunal de los Dioses y hubo un empate. La última que votó es Palas Athenea (Minerva) que lo absolvió.
Volviendo al mito de Lilith, de a poco afloraban más los aspectos Lilith-Eva de nuestra paciente, que eran trabajados en el análisis en sesiones pobladas de pérdidas, lutos, dolores, culpas, vergüenza, humillaciones, desesperanzas, esperanzas.
Nuestra Electra vivió el abandono de la casa paterna como “la muerte” del padre, asesinado por la madre y por la hermana mayor. Por ella también, al contarle a la madre lo que pasaba. Sin embargo, diferentemente de lo que dice el mito, no existió amante en la vida de la madre, ni un hermano a quien pudiera apelar para cumplir la venganza tramada en su fantasía. La bella hermana mayor también se divorció, volvió a la casa de la madre y visitaba al padre regularmente. Odio, celos y envidia poblaban las sesiones de Lilith-Eva cuando hacía referencia a la bella hermana y sus visitas al padre. La hermana preferida del padre. Para Lilith-Eva, como en las tribus primitivas, sólo quedaba “la pena común para las relaciones sexuales con una persona de un clan prohibido: la muerte.” Poco a poco las ganas de vivir, de rescatar el pasado arcaico, individual y familiar, hace que ella busque conocerse más, pensar más, en todo lo que le pasó, en la familia, dentro y fuera del casamiento, del parentesco de sangre o no. Todavía se sorprende de vez en cuando, sobretodo cuando va a la playa y ve a un hombre que a lo lejos le recuerda el padre: “deseo a que sea él de veras y que venga a buscarme para pasear en la playa, a que nos bañemos en el mar, a quedarse conmigo”...
Todavía recurriendo al mito de Lilith, Bárbara Koltuv (1986) nos deja palabras para ayudar a las mujeres a recordarse de que: “Hubo un tiempo en el que no eras una esclava, acuérdatelo. Caminabas sola, alegre, y te bañabas con el vientre desnudo. Dices que has perdido todo y cualquier recuerdo de ello, recuérdatelo. Dices que no hay palabras para decribirlo, dices que esto no existe. Pero recuérdatelo, haz un esfuerzo y recuérdatelo. O si no lo consigues, invéntalo.
Parte del Yo femenino con el cual la mujer moderna “necesita volver a relacionarse a fin de que ya no sea una proscrita espiritual”.


Por Sara Riwka Erlich.

 

Bibliografía


Borges, JL (1996) El libro de los seres imaginarios. Buenos Aires: Emecé Editores AS.
Feinstein e Kuppner (1988) Mitologia Pessoal. A Psicologia Evolutiva do Self. São Paulo: Editora Cultrix Ltda.
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Santamaria, A. Santa María O. (1998) La mujer colombo-mexicana en el mito. Dialogo psicoanalitico com um mexicano. Revista Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, 23 (1): 157-166.
Smith, J. (1976) Lilit, malkah ha-shadim.
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Weinberg, J. (1976) Lilith. The Independent Jewish Women’s Magazine.
Yampey, N. (1998) Mito, simbolismo y creatividad. Revista Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, 23 (1): 187-191.

• Miembro titular de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de Río de Janeiro (Rio II – SBPRJ); miembro fundador titular y didacta de la Sociedad Psicoanalítica de Recife (SPR); miembro de la Academia de Medicina de Pernambuco (silla 36); miembro de la Unión Brasileña de Escritores (Reg. PE).

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