El Triangular Magazine — Informacion, Arte y Cultura

Percibir, Sentir y Razonar

Tradiciones

Cultura, el 26/08/2010 por El Triangular Magazine

 
 
 
 
Cada vez que me dirijo a Putre y sus alrededores, es una aventura, en que las sorpresas son pan de cada día. Sobre todo cuando es fiesta y carnavales, donde el desenfreno del baile y de las bebidas espirituosas, dan paso a una mezcla de religiosidad y encuentros más íntimos al término de la semana de carnaval. Donde el aymara no sólo rescata sus más profundas tradiciones, sino que las practica en forma habitual.
 
Por motivos de atención veterinaria, tuve que subir al altiplano de Parinacota. En un recorrido que hice a la  localidad de Visviri, me dirigí a la feria tripartita, donde confluyen comerciantes peruanos, bolivianos y por supuesto chilenos; donde se realizan intercambios en forma de trueque, que conforman tradiciones ancestrales. 
 
Debía encontrarme con Don Roberto Flores -hombre trabajador y esforzado-  con la finalidad de visitar su predio y desparasitar sus llamas y alpacas. 
 
No lo encontré, tal vez andaba por… ahí. Tenía fama cuando joven, donde era conocido como el “siete machos”, ya que tenía varios hijos, parece que más de siete, y no necesariamente con la misma mujer.
 
Decidí dirigirme hacia la localidad de Ancolacane, no muy distante desde donde me encontraba, directamente al predio de Don Roberto.
 
No fue muy difícil dar con su casa, ya que existen sólo unas pocas viviendas en el lugar. 
 
Lo encontré al atardecer, sentado en la puerta de su cabaña. Comenzaba a hacer frío, y claramente se divisaba el humo que dejaba escapar una vieja estufa; algo fundamental en esa zona. Por otro lado, apilada una cierta cantidad de llareta, que es el combustible principal utilizado por los habitantes del altiplano. 
 
Don Roberto estaba algo encorvado, recostado en el marco de la puerta, con su punchu, y el chullo puesto, y su infaltable q`urawa, la que servía  como honda para lanzar piedras y espantar al puma o al zorro y, también para arrear al ganado. Sus pies calzados por unas ojotas raídas, dejaban al descubierto una piel rústica y firme, acostumbrados a esas alturas.
 
Me reconoció rápidamente....y gritó: Doctor!... Kamizaraki! -como está?-;  waliki –bien-, respondí al saludo. Una de las pocas palabras en aymara que conozco.
 
Que hace tan tarde por acá, dijo, luego hará mucho frío y oscurecerá rápido. Los animales ya están en su corral.
 
Me olvidé que a esa altura había que moverse lentamente; así que mi corazón empezó a agitarse rápidamente, sentí que se le iba el aire a mis pulmones y mis sienes palpitaban. Mi físico me recordó inmediatamente que me encontraba a 4.500 metros sobre el nivel del mar, y que debía fumar menos.
 
El frío empezó a calar mis huesos, al menos así lo sentí, y no pude parar de tiritar. Don Roberto me invitó a pasar a su pequeña y oscura cabaña, las paredes de adobe estaban negras por el humo. Un minúsculo espejo colgaba de un cordel, entre tiras de charqui.
 
La llareta crepitaba en la estufa, chispas saltaban para todos lados. La temperatura se hizo agradable, me sentí más cómodo, mientras me extendía un trozo de charqui, que a tirones fui comiendo, sintiendo el agradable sabor de la carne de camélido.
 
Donde andaba amigo, que le pasó en la cabeza?, le pregunté. Por ahí, en las carreras de gallos, en Socoroma. Usté sabe pues, hay que refrescar el cuerpo, …..claro que quedó la grande Doctor, se agarró a golpes el caporal con el alférez, por tratar de hacerse el lindo con la Reina del pueblo. 
 
Don Roberto, se tocó la cabeza, la meneó, tomó aire y comenzó su relato.
 
Ya se venían echando aniñás en la carrera. Primero se topeteaban los caballos en la partía. Cuando bajaron el pañuelo, partieron como un rayo, sonando los cascos en el suelo. Llegaron juntitos a la línea y agarraron el gallo colgado del  cordel al mismo tiempo. Martín agarró el cogote y Pancho el ala, se abrió el animal y siguieron corriendo alrededor de la plaza cuerpo a cuerpo, hasta que justo antes de la meta, un puñete del Pancho en la mano a Martín le hizo soltar la presa, y llegó victorioso a la meta con gran parte del trofeo.
 
Martín consideró trampa, y se armó una tole tole, intervinieron los jueces, la familia y hasta los invitados, los golpes no se hicieron esperar, y yo por tratar de separar, recibí un traicionero golpe en la cabeza, cayendo al suelo. Alguien gritó, …llegó el vino!!!,  y como por arte de magia la pelea entró en tregua.
 
 
 
 
Todo el alboroto, dio paso al apetito, ya que se sentía en el ambiente el exquisito aroma de las carnes entre las piedras calientes. Se destaparon las guatias humeantes, en su interior la  rica carne de alpaco, con humitas y papas cocidas. Todo muy bien regado, para no resecar la garganta.
 
Ya oscuro, y con mucho alcohol en el cuerpo, pasó lo que le decía, el caporal se puso cariñoso con la Juana. Los rencores que quedaron de la carrera de gallos, afloraron nuevamente y la pelea tuvo una segunda patita, ahora incluidas las mujeres y los niños. Si no es por la policía, no se que habría pasado. Los ánimos se calmaron, y se fue el diablo con la cola entre las piernas….
 
No sé de donde salió el famoso cocoroco, lo cierto es que Don Roberto me extendió una taza, bebí una pequeña porción, lo que fue suficiente para que un ardor potente y agradable surcara mi garganta, los colores volvieron a mi rostro y una repentina chispa de alegría, nos tuviera conversando como grandes amigos de toda una vida.
 
Me invitó a la próxima “carrera de gallos”, mientras me contaba una serie de aventuras, que necesitarían de muchas hojas para transmitir, pero que guardo parte de ellas para una próxima ocasión. El resto es algo difuso, el brebaje hizo su efecto y soñé con vicuñas y alpacas, hasta temprano en la madrugada, antes de despuntar el sol ya estábamos en pié para comenzar una nueva jornada de trabajo.
 
La escarcha en las pozas de agua, el pasto tieso y de color blanco, pero un cielo limpio nos auguraba un día de sol, entre alpacas y llamas.
 
Así es esta gente, trabajadora, sufrida y noble. Que no quieren abandonar la tierra que los vio nacer, aunque las condiciones climáticas, económicas y  de soledad sean adversas. 
 
Una pequeña pincelada, de este norte querido, de la Provincia de Parinacota, que se repite constantemente, de un viaje reiterado, de un trabajo permanente con las comunidades. Del diario vivir, de trabajo digno y esforzado del hombre y la mujer chilena, que hace soberanía, donde los límites territoriales son difusos, manteniendo la filosofía del Tiawantinsuyo.
 
 
 
 
 
FIN
 
  Cuento seleccionado del libro “El Conjuro de Azapa”
AUTOR: Alfrodín Segundo Turra Corrales. 
Derecho de Autor: Nº 187.604/Enero 2010
CUENTOS RURALES DE LA NUEVA REGION
GOBIERNO DE CHILE

El Triangular en el mundo

© 2009 - 2011, El Triangular Magazine — Informacion, Arte y Cultura, www.eltriangular.info todos derechos reservados.