De los Jardineros...
Editorial, el 24/10/2011 por Emmanuel Milla-Gatica
Una vez, junto a mi casa, vivía un viejo jardinero que no cesaba de hablarme de su amigo, jardinero igualmente. Ambos, durante muchos años habían vivido como verdaderos hermanos, antes que los meandros de la vida los separara; bebiendo el té juntos por la tarde, celebrando las mismas fiestas; buscándose sin cese el uno al otro para preguntarse algún consejo, hacerse alguna confidencia, revelarse algún secreto sobre el cultivo, la poda o el tratamiento para combatir algún insecto o gusanillo.
Generalmente hablaban muy poco, y muy a menudo, los veía paseando, una vez el trabajo terminado, considerando sin pronunciar una sola palabra las flores, los jardines, los arboles, el cielo, y los astros. Pero si uno de ellos inclinaba la cabeza tocando de sus dedos alguna planta, el otro lo imitaba, y reconociendo alguna huella de oruga, también inclinaba la suya. Y las flores, sus fragancias y colores a ambos les procuraban el mismo placer.
Sucede que una vez, por esos azahares de la existencia, un mercader, habiendo contratado uno de ellos, lo invito a construir un jardín en otro país. Luego, los años pasaron, y las tempestades, las guerras, entre los países y los imperios; los naufragios, las ruinas, los duelos y seguramente el amor, obligaron durante años a nuestro jardinero a vivir como un tonel en alta mar, llevándolo de jardín en jardín, hasta los lugares más apartados y desconocidos del mundo.

Ahora bien, este mi jardinero, después de una vejez de silencio, recibió una carta de su amigo. Solo Dios sabe cuántos años esta carta había navegado, cuantas montañas, valles y latitudes había atravesado. Cuantos navíos, trenes, aviones la habían conducido con una sola y única obstinación, depositarla en el jardín de mi vecino jardinero. Y esa mañana, radiante de felicidad y buscando compartir dicha felicidad, me rogo de leerla, como alguien ruega que le lean un poema, la carta que venía de recibir. Observando y escrutando en mi rostro la emoción provocada por la lectura. De verdad, no habían allí más que algunas palabras, pues resulta que mis jardineros eran más a diestros con la pala que con el lápiz. Y simplemente, pude leer: “Esta mañana he podado mis rosales…” Y meditando sobre lo esencial, que de primera vista me parecía informulable, inclinaba mi cabeza como ellos solían hacerlo.
He aquí, que mi jardinero no conoció mas el descanso. Si lo hubiesen visto, informándose sobre la geografía del mundo, la navegación, el correo postal, los barcos y las guerras entre los países.

De más está decir que los arboles, las flores, las plantas, las verduras y las hortalizas del huerto sufrieron bastante del ajetreo de mi jardinero. Y fue fiesta todos los días para las orugas, insectos y larvas pues se lo pasaba todos los días en su casa escribiendo, borrando y volviendo a recomenzar su tarea, sacando la lengua como el alumno frente a su trabajo de matemáticas; pues, sabía que tenía algo importante y urgente que decir, y le era necesario transportarse entero en toda esa gran verdad que debería plasmar en el papel para enviársela a su amigo. Le era necesario construir su propia pasarela sobre el abismo, sobre la ausencia, atraer a sí la otra parte ausente, a través del tiempo y del espacio. Le era necesario, simplemente, expresar todo ese amor almacenado durante años en su corazón, a su amigo al otro lado del mundo.
En realidad, para mi jardinero, no había en aquel momento absolutamente nada más urgente e importante a realizar, pues se trataba para él de desnudar su corazón y de plasmar esa desnudez en esas cuantas líneas, en el relato que haría a su amigo, a la manera como lo hacen las ancianas que se usan los ojos tejiendo esos bordados con los cuales se adornaran la cabeza para presentarse ante sus dioses y vírgenes, y luego morir con alguna plegaria aun brotando de sus labios.

Tres años pasaron, cuando un día, mi jardinero se presento, colorado como el rubí, a mi puerta. Y con la sonrisa del niño que viene de descubrirse alguna nueva cualidad o de sobre pasar un obstáculo, me pidió: “Puedes ayudarme a escribir a mi amigo…” depositando en mi mano, un papel un tanto arrugado y estropeado, observando, al mismo tiempo, con mucha atención en mi rostro, alguna chispa que reflejase también la alegría del destinatario y de esta manera, ensayar en mi el poder de sus confidencias.
Abriendo aquel pedazo de papel, pude ver que se confiaba a su amigo, con una escritura aplicada y malhecha, límpida y sincera como un voto, y leí estas humildes palabras: “Esta mañana, yo también, he podado mis rosales…”. Y anonadado en mi lectura, me puse a meditar sobre lo esencial, sobre lo impalpable que anegado duerme en nuestros corazones, y todo me parecía tan claro, nítido, de una compleja simplicidad. Más allá de los rosales, más allá de la distancia, de los años y de las sinuosidades de la existencia lo que mis dos jardineros estaban celebrando era el amor clavado en las mejillas de la ausencia.
Erase tal vez, en suma, aquello que todos nombramos Dios, Creador, Gran Señor de los Cielos, Gran Arquitecto, Allah y que ellos celebraban con tanta gracia, ardor y desatino.
Ese Creador que haciendo la fuente de agua fresca hizo también la ausencia de la fuente. Que creando la madre también creo ese dolor que marchita el corazón. Que haciendo el amor inagotable por el hermano, hizo también la tristeza de la separación con ese hermano. Haciendo el amor por nuestra esposa, fundó en nosotros la pálida tristeza de la separación con nuestra esposa.
Empero, sabiéndonos atormentados por todo ello más que por todo otro mal, también nos ha enseñado a curarnos de ese mal, dándonos la tinta para escribir el poema de la presencia del ser amado ausente. Pues, la ausencia de fuente es aun más dulce para quien muere de sed que un mundo sin fuentes. De igual manera, si te exiliaran al otro lado del mundo para siempre, si te queman tu casa ¡lloraras tu casa!

Durante mi vida he conocido amigos, hermanos, amores ausentes más generosos que los presentes; muertos más altivos y necesarios que los vivos, como aquellos arboles que extendiendo sus ramas acarician de su sombra todo tú ser y te refrescan el alma de su bondad. Así va de mi jardinero, de su felicidad, simple e impalpable, eterna y luminosa, que comunicaba con su amigo ausente. Nada los había separado, todo los unía en lo más profundo de sus seres.
He conocido hijos que me han dicho: “Mi padre murió sin poder terminar el ala derecha de nuestro hogar. Yo la he terminado. No logro plantar todos los arboles que deseaba. Yo los he plantado. No logro hacer los estudios que le hubiera gustado hacer. Yo los hice.” Y jamás he sentido en esos hogares que el padre hubiese muerto.
Ausencia y Presencia son los dos eslabones de una misma cadena, los hilos de una misma trama: el Amor. No existe absolutamente nada que nos separe del ser amado, por dura y cruel que hayan sido nuestras experiencias; aquello que, por un instante, nos ha unido, queda unido para siempre a través del tiempo y del espacio.

Recuerda el gusto del amor cuando besas a tu mujer y la mujer cuando besa su hombre, por causa que el sol está levantándose y que comienza a ser la hora de la faena para ambos. Cada cual en su oficio, uno se irá por la ciudad y tal vez el otro se quede en casa, empleándose a limpiar, afinar los útiles para preparar el almuerzo, aplicándose en el cocer de cada alimento, vestida aun con ese beso que le has dejado como una ofrenda en sus labios, en sus mejillas en los pétreos escarpados de sus senos…meditando en la sorpresa que te hará cuando saborees ese plato, diciéndose a sí misma: “Espero que no llegue tan pronto, pues me privara del placer de la sorpresa…” Nada la ha separado de ti bien que en apariencia te hayas ido lejos y que ella desea que no regreses tan pronto. Y tú, con las manos en la gaveta, un saco en la mano, o empujando la carreta repleta de las hortalizas de tu huerto, saboreando ese beso, humectando esas mejillas, rememorando cada milímetro de ese pezón beatamente erguido como una virgen en tu memoria, sabes que tu viaje servirá a obtener los recursos necesarios para reparar, agrandar, comprar lo que es necesario y útil para el hogar y la familia. Y también, te has dicho, que será bueno de ofrecerle un regalo a tu esposa, un ramo de flores o alguna joya. Y por esta razón te vas por la calle cantando, silbando tu felicidad, bien que en apariencia te vayas en exilio. Y te sientes solidario de tu esposa, de tu hombre, te sientes orgulloso de tus hijos, ennoblecida del velo de madre, de tu techo, de ti mismo, de ti misma.
Esto no es más que el primer eslabón de la cadena que nos une el uno al otro. Bajo el imperio del amor es dulce de sentir sobre sus espaldas el peso de la cadena, de mirar con orgullo el trabuco que nos priva de libertad.

Hay que considerar que la ausencia por la ausencia no existe cuando miras la distancia que te separa del ser amado, pues lo que miras es ese nudo divino que une las cosas. No hay ausencia que separe, todo hace que se unen como la noche con su manto de burbujas estelares se funde en los brazos de la madrugada. Y aquel filosofo que pretende lo contrario, que mide la distancia, que medita sobre el dolor provocado por la distancia y la separación, no conoce nada de los hombres, ni de la vida, solo muestra la danza de la posesión, de la necesidad, de la inutilidad palpable. Y si le hablas de la joya que ofrecerás a tu esposa, o de las hortalizas que has vendido, él te hablara de las ganancias obtenidas, del valor del oro, de la plata, de su peso y de su canje. De la finesa del collar y que has estado ausente de tu casa, cuando en realidad, la habitas en el instante mismo que él te dice que estas demasiado lejos. Pues no hay ausencia ni separación de tu hogar si lo haces bajo el ceremonial del amor y del hogar. Tu ausencia no te separa, pero te une aun mas, no te extrae pero te funde en lo más intimo de tu ser.
¿Quién puede decirme donde se encuentra el mojón que más allá del cual la ausencia se transforma en ruptura?
Es por esta razón que estimo feliz mi jardinero que estando tan lejos aun comunica con su amigo. Y que me importan el abandono de mi jardín, de las flores, las plantas, las hortalizas, y el festín de las orugas, pues se que cada cual, a su manera, festeja la inmaculada felicidad de mi jardinero.
Muchas veces, también, me viene el hortelano deseo de unirme, según sus dioses, sus ritos, sus festines a todos los jardineros de este mundo. Y me suele suceder de bajar, con paso lento, un poco antes del alba, las escaleras de mi destierro hacia las aulas de mi jardín y escuchar el férreo silencio de la madrugada, compartir el argiloso murmullo de la tierra en el palacio de mis rosales. Mirando por aquí y por allá e inclinándome y deteniéndome de ramilla en ramilla, de hoja en hoja, de pétalo en pétalo, yo que más de una vez, en mi precipitada arrogancia, en mi frenética sin razón de hombre, he pisoteado, maltratado e ignorado la existencia misma de estas plantas, flores, arboles que hoy me ofrecen e inundan de sus fragancias y manjares.
Yo, que tal vez mañana tenga que hacer la guerra y destruir una vez más este pequeño templo que he logrado construir, cubrir nuevamente mi corazón de desamor y de crímenes; yo que por abnegación he tenido que matar mis propios dioses tratando de buscar en el vacio de mis lagrimas tendidas en el cielo la lumbre amarga de mi felicidad…Yo, que desde mi pobre ventana humana y terrestre he observado la milagrosa destrucción de los imperios, la vanidad del poderoso vestirse de luto cuando al hambriento se le caen los dientes. Y nuevamente tendré que levantar mis manos del polvo, extraer mis dedos del barro, con mucho esfuerzo esta vez, pues los años han pasado, al igual que mi jardinero, al igual que todos los jardineros del mundo, y buscar la única vía posible, eficaz, vivificante, transcendente, y escribir: “Esta mañana, yo también he podado mis rosales…”

Y poco importa si mi mensaje será comprendido, poco importa si recorre la tierra durante años, atravesando los mares y las montañas. Poco importa si mis palabras te sacan la lengua o si se retiran de mi poema, eso no es ni la finalidad ni el objeto. Si le llego a un tal o un tal…Esto tampoco es el objeto ni la finalidad del poema. Para unirme en mis jardineros he tenido simplemente que saludar e inclinarme ante sus dioses como ellos se inclinan ante la sonrisa de un niño, los cuales son rosales, orquídeas, jancitos, aromas, fragancia, gusanos, orugas, rocío, astros, cielo y madrugada cayendo sobre sobre los labios aun adormecidos de los manantiales.
Así va también de mis enemigos que no alcanzare que mas allá de mi mismo, y para quien, puesto que es mi semejante, será de igual manera. Entonces cuando creo hacer justicia lo hago según mi sabiduría y conocimiento y él hace lo mismo, dando la apariencia que son contradictorias, y de esta manera, alimentamos las guerras que se desatan por la tierra. Empero, mi enemigo y yo, por caminos diferentes no hacemos más que seguir la misma línea de fuerza que emana de un mismo fuego ardiente, uniéndonos de esta manera en los brazos de nuestro Creador y de la Eternidad...
Entonces, una vez mi trabajo terminado, podre hermosear mi templo con las flores de mis jardineros y así habré embellecido mi alma, y también el alma de mi enemigo. Y a pesar que ningún lenguaje común nos haya sido ofrecido para encontrarnos en el mismo camino; cuando hayamos juzgado, dictado tal ceremonial, castigado o perdonado, podremos decir, yo para él y él para mi, a la manera de nuestros dos jardineros: “Esta mañana, he tallado mis rosales…”
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