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Percibir, Sentir y Razonar

La degeneración del pensamiento histórico según Nietzsche y su incidencia en la vida actual

Historia, el 05/11/2011 por Geraldine Garate Ormeño

 
 
 
 
“El hombre se ha convertido en un sin patria, duda de todas las costumbres y de todas las épocas”
F. Nietzsche
 
Era la Alemania del siglo XIX, un verdadero semillero de pensamientos críticos sobre el devenir histórico, un escenario en el cual logró perfilarse con fuerza la figura singular  de Fiedrich Nietzsche, no sólo por tratarse de uno de los más notables exponentes de la realidad de su tiempo sino que además porque tenía esa extraña habilidad de dar a conocer de manera distinta pensamientos claves que  trascendieron el tiempo y el espacio.
 
 
Con ese estilo cáustico que lo caracterizaba,  Nietzsche criticó arduamente  lo que a él le parecía un gran abuso que existía de los estudios históricos en la Alemania decimonónica, porque el sistema educacional imperante sólo lograba generar cinismo y debilidad en el espíritu del pueblo alemán, el cual por cierto, se auto-vanagloriaba de ser el heredero de la antigüedad.
Ante esto, la protesta de Nietzsche resultó implacable: “La cultura no puede nacer, crecer y desarrollarse sino en la vida; mientras que entre los alemanes, se la trata como una flor de papel, nos embozamos de ellas como en una capa de azúcar,  lo que hace que siempre sea falsa y estéril”  
En definitiva, Nietzsche planteó que el hombre moderno padecía un debilitamiento de su espíritu histórico producto del atiborramiento de Historia Universal, un reflejo de la decadencia de un pueblo, pero que irónicamente  muchos veían ciegamente como virtud, basándose en una falsa idea de objetividad histórica.
 
 
 
“La ciencia histórica  extirpa los instintos más fuertes de la juventud: el arrebato, el espíritu de independencia, el olvido de sí mismo, el amor, le atempera el ardor de su sentimiento de justicia, ahoga o sofoca el deseo de llegar lentamente a la madurez por el deseo contrario de estar pronto dispuesto, de ser pronto útil, de ser pronto fecundo, corroe con el veneno de la duda, la sinceridad y la audacia del sentimiento”  
Precisamente el  gran dilema de la Historia siempre ha sido y será la objetividad, la eterna duda que nos hace preguntarnos  ¿Es una ilusión o un acercamiento a la realidad? 
Para Nietzsche, la objetividad es la cualidad de la cual se jacta en especial, el hombre moderno (a diferencia de otras épocas), porque cree que es su fuerza y le da supuestamente el derecho de llamarse justa, más justa que los hombres de otras épocas. 
En este contexto, al historiador moderno se le trata de encajar en el modelo científico, por eso, se convierte en un ente pasivo, un resignado que describe el pasado sin emociones para no involucrarse y para que el vulgo crea en el espíritu de la justicia. Severos, honrados, cerebros estrechos, jueces de la historia por la voluntad de hacer el bien, irreflexivos pues creen que su época tienen más razón que las otras.
 
¿Es esta llamada ciencia de la cultura la que fue infundida a la juventud bajo la forma de ciencia histórica?  Sí, y su cerebro fue rellenado con una enorme cantidad de nociones sacadas del conocimiento indirecto de las épocas pasadas y de los pueblos desaparecidos, pero no de la experiencia directa de la vida. 
El gran problema de la  ciencia es que vive colocando límites en su horizonte y detesta lo que escapa a su control, por eso vive en contradicción íntima  con las potencias eternizadoras del arte y la religión, tanto como repele el olvido y  la muerte del saber.
Por tanto, la objetividad en historia no es factible pues el  hacer leyes y generalizaciones no se aplica al devenir ya que los acontecimientos no se pueden resumir en mera causa y efecto. Con la intervención excesiva de la perspectiva científica, la historia es vista como neutra, sin vida, y por ende los hombres no serán capaces de hacer ellos mismos la historia. Se desaparece el sujeto y solo queda la “objetividad” y así, la cultura histórica moderna no ejercerá una real influencia sobre la vida y la acción, es una historia  aletargada  que sólo perdura en el papel y en el discurso, más no en la vida misma.
Como solución, Nietzsche planteó que  hay que tratar de ver mucho más allá de lo que se considera como objetividad, de lo contrario la Historia será la principal responsable de la degeneración de un pueblo. Hace falta objetividad como cualidad positiva, falta creatividad, un sincero profundizar en datos empíricos a  través del poder artístico, nada más y a la vez eso es mucho más...
Para lograr esta unidad del espíritu es necesaria la adversidad y  la destrucción de los viejos esquemas. Por ejemplo, a un aprendiz de Arte no hay que llevarlo al museo sino que a los propios estudios de los maestros donde el verdadero estudio lo imparte la maestra  Naturaleza, y esta misma premisa se puede aplicar al la problemática del estudio y educación de la Historia en todos los tiempos.
 
 
He ahí la colosal tarea de los historiadores, es necesario derribar el mito de creer que el historiador debiera desprenderse  de sus intereses personales  y asumir una actitud contemplativa de la historia para poder captar así su esencia empírica.
Según Nietzsche esto no es más que una una superstición aberrante donde se llama “objetividad” al hábito de medir las opiniones y las acciones pasadas, por las opiniones y acciones pasadas corrientes en el momento en que ellos escriben. En el fondo, su trabajo se limita en  adaptar el pasado a la trivialidad actual y llaman “subjetivas”  a toda forma de escribir la historia que no considera como adaptables a  estas opiniones generalizadas.
Por eso el verdadero historiador para Nietzsche, al escribir la historia, se convierte en un hombre superior y experimentado, ya que la palabra del pasado es siempre palabra de oráculo. Por lo tanto el historiador debe forjarse una imagen del porvenir y para ello no debe pedir a la Historia que le muestre el por qué y el cómo.
 
 
 
“En todos los poderes históricos, el diablo es el verdadero poder, y, en últimos términos, así será siempre, aunque sea desagradable oírlo decir en una época habituada a divinizar el éxito y el poder histórico (…). Nos encontramos ciertamente en un momento de gran peligro, los hombres parecen descubrir que el egoísmo de los individuos, de los grupos y de las masas ha sido, en todo tiempo, la paloma de los movimientos históricos” 
Hay una gran verdad que se desprende de la cita señalada ya que existe  la costumbre incesante de llamar grande e histórico a todo aquello que ha “removido a las masas”, y esto para Nietzsche es confundir la cantidad con la cualidad, porque la grandeza no tiene relación con el éxito, porque  lo más noble y sublime no se encuentra realmente en aquello que obra sobre las masas sino que en aquello que influye en unos pocos elegidos que siguen en solitario la verdad de su filosofía.
Pero entonces  ¿quién tiene el poder en la Historia?  Para responder a esta interrogante, es preciso aclarar que existen dos grandes elementos  que mueven el devenir histórico: los grandes hombres y la masa o pueblo.
Nietzsche es claro y preciso al señalar que  la clave de la historia se encuentra en los grandes hombres, pues ellos son la expresión de representatividad máxima de la masa.  “A la historia le incumbe la tarea de meterse entre ellos, de dar continuo impulso a la creación de los grandes hombres, de darnos fuerzas para esta creación. No, el fin de la humanidad no puede estar al cabo de sus destinos, no se puede alcanzar más que en sus ejemplares más elevados” 
En contraposición, según Nietzsche, la masa o pueblo es comparable con un rebaño que debe ser conducido y por ende no merece más atención que por  3 razones: son copias difusas de los grandes hombres;  son la resistencia que encuentran los grandes y, por último, son los instrumentos en las manos de los grandes.
Así de tajante… incluso  Nietzsche sostuvo que las masas obreras son peligrosas porque carecen de razón y la cultura histórica puede quebrar sus instintos y conducirlos a un instinto refinado (por cierto, un presagio bastante certero)
 
“Por eso la justicia histórica, aún cuando estuviera dominada por los sentimientos más puros, es una virtud terrible, porque socava los cimientos de todo y destruye lo que está vivo” 
Por lo general, la gran crítica hacia la educación de la historia se orienta a que existe demasiada masa de conocimientos (guerras, negociaciones diplomáticas, comercio, etc.) que son transmitidos hacia la juventud, la cual tiene que asumirlos por obligación provocándole un gran aburrimiento. 
Y este sentido histórico puede ser profundamente peligroso porque desarraiga el porvenir, destruye las ilusiones y quita a las cosas existentes la atmósfera que les rodea, perdiendo por ende su real esencia.  Toda  verificación histórica revela hechos inhumanos, violentos, absurdos, etc. que menguan la piedad y el deseo de vivir.  
Por eso Nietzsche critica ese sentido utilitario y economicista de la Historia, y también su intento de popularizar y “feminizar” la historia hacia el vulgo.  En el fondo, la educación histórica de un pueblo es una superstición,  una teología disfrazada y la veneración que el indocto muestra frente a la casta de los sabios es también una herencia de la veneración que rendía al clero.
La historia se ha transformado en un compendio de la inmoralidad efectiva: “… el hombre es siempre virtuoso cuando se rebela contra el ciego poder de los hechos contra la tiranía de la realidad y se somete a las leyes que no son leyes de esas veleidades”, por eso para  Nietzsche la historia aburre, sofoca y apaga a la juventud. También critica la filosofía Hegeliana y su influencia en la cultura alemana, por esa  creencia de que se es un se rezagado en su época y más encima se diviniza al rezagado, como sucede con el cristianismo.
Definitivamente Nietzsche percibía que los alemanes estaban corrompidos por los estudios históricos, su unidad del sentimiento popular se ha perdido, y para lograr esta unidad del espíritu era necesaria la adversidad y la destrucción de las antiguas bases desde sus raíces. 
Por lo tanto la enfermedad de la historia moderna implica que se ha vuelto analítica y antiartística, sin considerar que solo el arte puede conservar y despertar los instintos. 
La contemplación monumental del pasado implica el interés  por lo clásico y raro, ya que lo que fue posible en otro tiempo, puede ser posible hoy. Ej. Renacimiento.
Pero hay que tener en claro que el tiempo no se repite, por tanto la Historia Monumental carece de veracidad, siempre juntará lo desigual y hará generalizaciones
 
Existen 2 antídotos que Nietzsche sugiere para enfrentar la degeneración histórica: lo no-histórico y lo supra-histórico.
Lo no-histórico se concibe como el arte y la fuerza de poder olvidar y encerrarse en un horizonte limitado. 
Lo Supra-histórico involucra las  potencias que desvían la atención en el devenir, se preocupa de la eternidad e identidad (arte y religión)
La cultura histórica moderna se opone al espíritu de un “tiempo nuevo”  de una conciencia moderna. El tiempo nuevo exige que la Historia deba resolver el problema mismo de la Historia, para ello se hace necesario concebir la cultura como una cultura nueva,  como una naturaleza mejorada sin interior ni exterior, pues la cultura no debe ser decorativa.
 
“Llegará un tiempo en que nos abstendremos prudentemente de todos los edificios del proceso universal y también  de querer hacer la historia de la humanidad, un tiempo  en que no se considerará más a las masas sino a los individuos que forman una especie de puente sobre el sombrío torrente del devenir” 
 
En definitiva,  si la degeneración del pensamiento histórico alude a que el hombre moderno padece de un debilitamiento de la personalidad producto del atiborramiento de la Historia Universal, esto fue lo que le provocó un conflicto entre identidad y nacionalidad, cuya consecuencia principal es que el ser humano se ha transformado en un mero espectador del devenir humano.
Y quienes tienen la misión de transmitir la historia, vale decir, los historiadores, al perder su instinto, la convierten en una farsa donde la cultura histórica y la indumentaria burguesa coexisten en el mundo moderno, dando vida  a  la gran mentira de la historia propagada por la educación.
Por eso, como alternativa de solución, el pasado no debe ser interpretado sino a través de la fuerza del presente ya que “El verdadero historiador debe tener la fuerza de transformar las cosas más notorias en cosas inusitadas y de proclamar las ideas generales con tanta sencillez y profundidad, que la profundidad haga olvidar la sencillez, y la sencillez haga olvidar la profundidad”.
Para ello, se hace preciso efectuar una revisión de los conceptos dominantes, como es el caso del Poder, pues la historia no puede ser soportada más que por las grandes personalidades, pues según Nietzsche, a las personalidades débiles acaba por borrarlas. 
Rescatemos el mensaje de Nietzsche para nuestra sociedad actual, pues a veces es necesario que en nuestros tiempos nos desliguemos de un pasado que nos ata, pues se  hace urgente  buscar nuevos modelos, renovar las energías  y así evitar caer en el mismo círculo de secuelas que nos han heredado los errores históricos.
La memoria de un pueblo jamás debe perderse, pero cuando usamos el pasado para generar  contradicción y división, fomentamos la ilusión de que la virtud de la justicia es propia de nuestra época, impidiendo al individuo y a la totalidad llegar a la madurez, paralizando  la fuerza vital de una sociedad.
 
En nuestro mundo actual, es un hecho que  los tiempos se revolucionan constantemente, las máscaras están cayendo y las crisis de las antiguas instituciones muestran su lado más crudo gracias a la globalización mundial, no obstante,  en el fondo aún se mantienen las mismas estructuras, y aunque las condiciones de la información son sorprendentes, no hemos sido capaces de renovarnos y formar nuestro propio espíritu histórico, muy al contrario, conducimos la “memoria” de nuestro pasado  por vías de discordia que se plasman en la educación de las nuevas generaciones y  además, nos dejarnos arrastrar por los titanes informáticos que moldean nuestros pensamientos de acuerdo a su plena conveniencia. He ahí que estamos imbuidos en un ciclo del eterno retorno, donde creemos avanzar pero solo estamos volviendo al principio.
Dejémonos de medir, dediquémonos mejor a sentir nuestra realidad ya que los esquemas están desgastados y ahogan a las nuevas generaciones con una carga inútil y demasiado pesada. La mejor intervención de cambio se puede hallar a través de una educación histórica que inste al  autodescubrimiento  y a la transformación alquímica del espíritu. 
 
 
Fuente
Ensayo basado en el texto "De la utilidad y los inconvenientes de los estudios historicos para la vida" de  Fiedrich Nietzsche

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