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Percibir, Sentir y Razonar

¿Qué será del soldado cuando la guerra acabe?

Literatura, el 19/06/2011 por El Triangular Magazine

 



               Allí estaban ellos dos, dos grandes hombres, dos juguetones niños, uno sentado sobre las piernas del otro, con su mirada de profunda admiración hacia su héroe, un héroe con insondables miedos pero con indómita valentía, un héroe no inmortal pero sí invencible, un héroe sin capa pero con las cicatrices de quien ha luchado durante toda su vida, allí estábamos nosotros dos.

 

                       -¿Si? ¿Y por qué te gustaría ser soldado?-me pregunta mi padre en medio de la conversación mientras su mirada acaricia la insignia del Ejército que yo tenía en mi camiseta, su mano se desposa de mi pierna y con sutileza me desprende ese símbolo que él alguna vez me había regalado.

 

                        -Porque los hombres sólo llegan a ser grandes cuando hacen grandes cosas, porque los hombres sólo llegan a ser valientes cuando se enfrentan contra sus propios miedos-respondí recitando de memoria aquellas precisas palabras que de boca de mi héroe, habían salido cuando yo le pregunté hace ya varios años el por qué él debía irse a la guerra.

 

                La mirada de admiración pareció reciproca mientras sus agrietados labios dibujaban perezosamente una sonrisa de satisfacción por la enseñanzas que me había dado.

 

                         -¿Recuerdas tu primer regalo de cumpleaños?-me pregunta con esa expresión en sus ojos sedientos por conocer de mi lo que aún no conocía gracias a su ausencia durante largo tiempo.

 

                         -¡Sí! ¡Claro! pero… la verdad ya no lo tengo, ese soldadito no fue tan fuerte como tú, no sobrevivió a las constantes batallas que yo lo ponía a librar, creo que parte de su cuerpo aún está bajo mi cama, pero sus brazos desde hace mucho que no los veo- Una gran carcajada adornó el silencio en mi habitación, una carcajada regocijante pero tan tosca como si a mi padre se le hubiese olvidado reír, yo sabía que allá, en la guerra, una mísera sonrisa solo se producía cuando mataban algún enemigo, de resto, no había señal alguna de otro gesto de alegría.

 

                         -¿Sabes? Mi primer regalo también fue un soldadito, tu abuelo, también militar, me regalaba muchas cosas relacionadas con el Ejército, me permitía pulir sus medallas, me dejaba colocar en mi ropa los reconocimientos que se ganaba constantemente en sus misiones de guerra, a él le hubiese encantado conocerte, era un gran hombre, uno valiente, uno admirado por subalternos y superiores, era un hombre cuyo nombre representaba una leyenda de victoria en cada rincón de nuestro país, él le dedicó toda su vida a su uniforme, sus manos sólo conocían el placer de las armas, sus ojos sólo se deleitaban con un buen blanco, su corazón sólo se emocionaba cuando hacía que el de un enemigo dejara de latir…

 

                Continuó mi padre hablando de mi abuelo, pero yo sabía que gran parte de lo que decía era de él mismo, su mirada yacía en el suelo mientras sus manos se aferraban a sus rodillas, su voz reflejaba la admiración que sentía por tener en sus venas la vida de quien había muerto por su deber, pero sus ojos, sus ojos mostraban una confusión ante la cruda realidad de haber vivido amando la guerra, amando la muerte.

 

                         -¡Ya es tarde!-interrumpe mi padre mientras con un suave movimiento exhibe su reloj bajo la camisa- Tengo que irme-concluyó.

 

                Un beso en mi frente anunciaba su inminente partida, su áspera mano dibujó un sendero de caricias alrededor de mi mejilla mientras sus ojos se tornaban reflexivos y placenteros al posarse sobre los míos.

 

                        -¿Por qué te vas? ¿Cuándo te volveré a ver?-le pregunté aún sabiendo la respuesta, sabía que pasaría mucho tiempo antes de volverme a sentar sobre sus piernas. Después de tantos años siendo militar, pisando apenas los cincuenta, había cumplido con la cantidad de años máximos permitidos en la fuerza, había alcanzado uno de los más altos y honorables rangos del Ejército.

 

                Mi padre partiría el día siguiente a su residencia en la capital del país que le había sido otorgada por su situación de retiro, aunque deseaba vivir con él, mi madre jamás me lo permitiría.

 

                         -Hijo, jamás dejaré de estar a tu lado, durante la eternidad, con vida o sin ella, cuidaré cada uno de tus pasos, allá, desde la lejanía te estaré mirando, puede que no te tenga sentado en mis piernas, pero te prometo que siempre te mantendré abrazado-la melancolía en sus palabras y unas lagrimas fuertemente reprimidas en sus ojos me hicieron recordar aquella historia que sin querer había escuchado tras una puerta, esa historia en la que mi padre casi es atrapado por sus enemigos, esa historia en la que su mejor amigo fue destrozado por una ráfaga de balas luego de dar a conocer su posición debido a los disparos que él libró contra quienes asechaban a mi padre.

 

                De nuevo, ese beso sobre mi frente, tan firme como si tratara de dejarme marcado sus labios pero tan sutil como si besara a una gota de agua, sus brazos envolvieron mi espalda mientras los míos trataban de esclavizar su cuerpo al mío.

 

                         -Te amo -un sentimiento, dos palabras, dos voces que las pronunciaron al mismo tiempo como si se hubiesen puesto de acuerdo sin permiso de nosotros, una confesión que cada uno le hizo al oído del otro, un agradecimiento a la vida por ese lazo de sangre que nos unía fuertemente aun en la mas insospechada distancia.

 

                         -Tu mamá me dijo que te gusta la música ¿es cierto?-me pregunta mi padre dando media vuelta ya en la puerta de mi habitación.

 

                         -¡Sí! así es, pero aun no elijo que instrumento tocar-le respondí mientras otra media vuelta acompañada de un “descansa hijo” daba por finalizado al día mas recordado de mi vida.

 

                Al día siguiente en la mañana, antes de ir para la escuela, recordé que mi insignia del Ejército ya no la tenía, así que decidí ir a escondidas de mi madre hasta el hotel donde mi padre se había hospedado, yo no podía estar sin ella, era el regalo de mi padre que más me motivaba a ser un gran hombre, ya ni siquiera tenía aquel soldadito mutilado pues no lo vi bajo de la cama al revisar por mi insignia.

 

                Al bajar hasta la sala vi sobre los muebles una batuta de director de orquesta con una nota que decía: “Hijo, dedica tu vida a algo que ames, dedica tu vida a algo que te motive vivir cada día, pero sobretodo, dedícala a algo que puedas dirigir y no que te dirija a ti. Te ama, hoy y mañana, tu padre.”

 

                Aquella nota había sembrado cierta confusión en mis pensamientos ¿Por qué una batuta? ¿Por qué no una boina, una medalla ó parte de su uniforme?

 

                Ya camino al hotel un miedo había empezado a recorrer cada fibra de mi cuerpo, tantas historias de soldados que luego de las guerras se suicidaban por sus frustraciones coleccionadas en los campos de batalla ¡pero no! sabía que mi padre amaba la guerra, era su vida, definitivamente él vivía para ella.

 

                Al llegar al hotel un botones me lleva hasta la habitación de mi padre, abre la puerta y me permite entrar para darle la sorpresa de mi visita, caminé sigilosamente hasta su habitación y allí estaba él, inmóvil, con su uniforme colocado, con esa cantidad de medallas que parecían estrellas incandescentes sobre un firmamento verde oliva, sentado con su mentón en alto, siempre hacia el horizonte de la vida, jamás vencido, jamás caído. A su lado estaba mi insignia del Ejército, un soldadito gravemente herido, y un pequeño frasco caído y vacío aunque con un olor que me decía que todo había acabado, pero a la vez, que todo apenas comenzaba. Allí estaba él, abrazándome desde la lejanía, inyectándome al alma su legado de rectificar en mí, su error de encontrar en una profesión las razones para vivir y para morir. Allí estaba él, con sus párpados verdugos de una mirada que jamás volvería a ver.

 

                Ésta es mi historia, así decidí ser músico y no militar, pero no soy un gran Director de Orquesta en mi país por amar tremendamente a la música, lo soy por amar a mi héroe inmortal y aprender su legado.


Rose Hiar.

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