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Percibir, Sentir y Razonar

Piel de Vicuña

Literatura, el 13/05/2011 por El Triangular Magazine

 
 
 
A Prudencio Mamani lo encontraron tendido boca abajo, desnudo, cubierto solo con un abrigo de piel. Estaba al fondo de la quebrada, en Socoroma. El cuerpo, no presentaba lesiones visibles. 
 
Era un joven fuerte, sano y trabajador, que desde pequeño vivió entre los animales del campo. No era la primera vez que sucedía una extraña muerte en el pequeño poblado.
Muertes que no tenían una explicación razonable...
 
 
Más bien dicho, ninguna explicación. Fueron ocurriendo, primero espaciadamente, sin llamar la atención; principalmente en personas que vivían solas. Luego en las familias numerosas. Todas personas sanas, sin enfermedades de ninguna naturaleza. Era como una maldición que se dejaba caer sobre los humildes pobladores de estas lejanas planicies altiplánicas.
Preocupados los habitantes del pueblo, más bien atemorizados, decidieron buscar una explicación. Sabían que cuando se quemaran las ropas del difunto, el humo delataría lo acontecido, para lo cual buscaron al yatiri más respetado de la zona.
 
Antes, debía mantenerse la tradición y proceder a sepultar al pobre Prudencio. Llegaron los vecinos, para lavar al difunto y vestirlo con su Piel Vicuña, la mejor ropa de fiesta. El resto se recogió para quemarlo en la hoguera. Sólo guardaron el hermoso abrigo que lo cubría el trágico día. Al difunto lo colocaron sobre una mesa con mantel blanco y los pies hacia el occidente. Encendieron una vela y pusieron dos floreros a cada lado de su cabeza. También agua bendita, con una ramita para rociar el cuerpo.
Todos los parientes vistieron luto. La casa de Prudencio también estaba de duelo; un pañito de género negro sobre cada puerta.
Llegada la noche sirvieron picante, la comida favorita del difunto, acompañado de vino tinto, mientras los hombres rezaban y cantaban para no dejarlo solo.
Cuando sacaban el cadáver para llevarlo a enterrar, borraron cuidadosamente todas las huellas de pies en el suelo de la casa y la mesa la pusieron patas arriba, así se aseguraban que el alma del difunto no volviera a casa.
 
 
Caída la noche, por fin llegó el momento de quemar las ropas del difunto y escudriñar en el humo las causas de esta inexplicable muerte. Una vez prendida la leña, los hombres se alejaron corriendo hacia la casa, pero a una distancia prudente se escondieron detrás de unos matorrales para mirar la hoguera que ardía; cuando entre fuego y humo se distingue cómo el alma del difunto aparece rápidamente a recoger sus cosas. Con pánico contenido, ven la figura que parece observarlos desde la hoguera, cuya agresiva mirada les erizó los pelos.
 
La hoguera contaba su historia: se ve a Prudencio, saliendo de madrugada, caminando todo el día, hasta que el cielo dejó caer su manto de estrellas, sobre los bofedales.
Aguijonado por el frio penetrante, sintió la necesidad de acercarse a una casa que encontró perdida entre los cerros.
Tocó la puerta insistentemente, pero no obtuvo respuesta. Parecía abandonada. Decidió abrir la puerta e ingresar. Esta no opuso ninguna resistencia.
 
 
Al entrar, lo primero que vio fueron pieles colgadas sobre la pared de las cuales manaba aún sangre. Nunca había visto esas preciosidades de pieles, grandes y sedosas.
Distraído tropieza con un bulto en el piso. Grande fue su horror, cuando ve que yace una persona, cubierta con un abrigo de piel de vicuña. Muerto, quién sabe desde cuando, con un rictus de terror en el rostro. Cierto escalofrío recorrió su espalda y el temor se apoderó de él. Decidió dejar la casa, con la intención de volver al otro día, donde la luz del sol borre los fantasmas. Pero su fascinación por la prenda que cubría el cadáver era superior.
 
 
Era el perfecto regalo, para esa mujer que jamás le correspondió. Sabía que ahora caería rendida a sus pies. Sí,…. tal vez, los años habían dejado huella en su cuerpo, pero aún era soberbia, y lo tenía loco desde hace mucho tiempo. Tal vez, este favor, pueda ser devuelto con otro, intuyó.
Bajó a Putre, deseaba distraerse. Quizás comer algo, aunque sabía que el vino en abundancia calmaría esa angustia que no lo dejaba tranquilo. Beber y olvidar, transitoriamente. Buscaría esa amistad femenina esquiva, para que calme sus ansias masculinas, buscar un consuelo, una compañía que lo distraiga de estos aciagos acontecimientos.
 

Eligió la misma habitación de siempre, en la oscuridad casi total de la pieza, se sentó en una silla ubicada al centro del recinto. La música lentamente comenzó a subir. Entre la mente nublada por el alcohol y el aire espeso, caliente, aparece una mujer bella y sensual en la penumbra. Se mueve cadenciosamente mostrando su anatomía casi desnuda. Trata de alcanzarla, pero no le permite tocarla. Este juego se mantiene brevemente, en su cuerpo estalla la lujuria, de un salto la atrapa entre sus brazos y comienza a acariciarla violentamente, rasgando sus prendas íntimas, ella vanamente trata de evitar la fuga de sus grandes pechos.
Como puede, la muchacha se suelta del abrazo, lo golpea y se aleja. Defraudado y derrotado, piensa en marcharse del lugar, pero se contiene y le comenta: te propongo un negocio, muy bueno, de mucho dinero. Pero esto no la convencía, si bien es cierto algo aflojó la presión.
Debes volver a las pasarelas, astutamente continuó, a los espectáculos. La mujer recordó su pasado de glamorosa modelo en su alcoholizado cerebro. Sería bueno dejar este burdel de cuarta, si esto resulta mando a la cresta a este frio pueblo.
Ella aún no quiere ceder completamente. Prudencio se da cuenta de su vacilación y le muestra el abrigo; no puede resistirse al ver la magnífica prenda, es algo superior que la atrae. No soporta más, debe poseer ese abrigo, lo toma lo acaricia, es una sensación sin
límites, lo pone sobre sus hombros y siente un placer extraño.
Esboza una cuasi sonrisa, le acaricia las mejillas y tras una especie de reverencia le invita a pasar a la habitación. Contorneándose comienza un baile cadencioso y sensual. Me gusta, lo quiero, dice. Se siente extraña, poseída. Solo yo, quiero usar este abrigo,…. solo yo.
Instintos pasionales la envuelven, por un momento flota en el recuerdo de su vida juvenil de cabaret, allá en Francia. Se acerca seductora, lo acaricia, lo abraza y le ofrece su cuerpo, algo que Prudencio jamás había conseguido, por más que lo había intentado. Ella muestra sus curvas, se tiende sobre la cama, despojándose lentamente de su pequeño pantalón. Lo incita a tener sexo. En un acto animal, ambos se dejan llevar por el placer carnal. La mujer se mueve rítmicamente, acariciando su abrigo, satisfecha de que será suyo.
 

Este vendaval de sensaciones, los lleva a una especie de trance, que sin darse cuenta adquiere un carácter peligroso, cuando Prudencio satisfecho toma un cuchillo y sin mediar aviso rebana parte de la piel de mujer, y continua como si estuviera en la fábrica cortando pieles, sin escuchar los gritos y súplicas. Ella trata de arrancar, pedir ayuda, gritando desaforada. Nadie viene, corre solo cubierta con el abrigo, la persigue, la llama, le grita.
Finalmente, de una certera estocada, le desangra su corazón, cayendo muerta en el mismo lugar. Prudencio, cuidadosamente le saca el abrigo, para no dañarlo. Se desnuda rápidamente y se cubre solo con la prenda de suave piel.
Está como enajenado, perdido.Cuando la hoguera se consume casi en su totalidad, sobre el humo se visualiza a Prudencio en loca carrera, arrojándose al vacío. 
El yatiri, ordena inmediatamente, buscar y sacar el abrigo maldito, según sus palabras. Por más que buscaron, por todos los rincones de la casa, el abrigo de piel de vicuña ya no estaba, alguien se había fascinado con él.
 
Cuento seleccionado del libro “El Conjuro de Azapa”
AUTOR: Alfrodín Segundo Turra Corrales. 
Derecho de Autor: Nº 187.604/Enero 2010
CUENTOS RURALES DE LA NUEVA REGION
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