REQUIEM PAMPINO

Literatura, el 19 de agosto 2011 por El Triangular Magazine
Tiro grande!!!, con fueegooo!!!, - gritaba el barretero “Huaso” Cabrera - frase mágica que generaba la estampida generalizada, en busca de protección. Sólo figuras amorfas de polvo blanco quedaban en el aire, dibujadas por los calamorros en su estampida, levemente suspendidas en etéreo vuelo, y rápidamente borradas del azul pizarrón, por ráfagas de frio viento.
Estos volcanes artificiales que herían la costra calichera, desparramaban su contenido vomitando fuego y piedras. Muchos habían partido de este mundo, destrozados, alcanzados por la metralla. Parte de sus cuerpos nunca se encontraron, y se hicieron uno con el árido desierto.
- Y aquí estoy aún - pensaba el “Huaso” Cabrera - muriendo sin poder morir.
Un nuevo siglo asoma por sobre la cordillera. El polvo de la pampa se quedó pegado al cabello de Ricardo, conocido también como el “barreta” Cabrera, quién aún recuerda con nostalgia, esos difíciles pero hermosos tiempos de juventud en Pedro de Valdivia.

Una vez más, como todos los años, volvía a su querida salitrera. Más de cuatro décadas viajando a la pampa. La misma rutina. Sentarse en la misma reseca banca, a recordar y esperar.
Su cuerpo, aunque algo encorvado, se mantiene firme y duro, como la luma de las palas de la faena. Espalda ancha como una avenida, de la cual se desprenden dos ramas de oregón. Terminadas en manos grandes y fuertes, que también habían azotado el macho sobre el caliche.
Pampino risueño y dicharachero. Conversa con las paredes destruidas, con su vieja banca veinteañera. Mientras, un pedazo de metal le devuelve una sonrisa oxidada.
Vuelve a preguntar, repetida e infinitas veces. Tantas, que el eco de sus palabras aún víbran en las calaminas carcomidas, que se balancean rítmicamente emitiendo un chirrido extraño.

- ¿Qué será de Sofía?, cuanto la extraño. La huelga fue muy larga, ¿cierto?, pero pedíamos lo que era justo, solo un trato y salario dignos.
Dónde estás amada mía? He recorrido infinitas veces estas mismas calles, huella sobre huella. Aún tengo la esperanza de encontrarte, como siempre, en esta hermosa plaza, al ocaso, con tu sonrisa a flor de labios.

Me dieron por muerto, cuando balas indignas se clavaron en mi pecho desnudo. Caíamos como el trigo por el golpe de la hoz, mientras la savia teñía de rojo la blanca tierra.
Nuestras manos aferradas a la bandera, luchaban, cuando el chafle traicionero cercenaba las esperanzas pampinas, en ataque artero, dejando un muñón al cielo.
No sabes, cuanto te extraño.
Maucho me decían. Te acuerdas?, por venir del sur, enganchado por la labia fácil, del timador profesional. Me pintaron maravillas, de un norte sin igual. Esta tierra conquistada con sudor y lágrimas. Y no se equivocaron, acá está lo mejor de mi vida. No quiero volver.
Una voz hermosa y suave le responde, una vez más, como tantas veces. Pero su oído vivo no le entiende. Aún no logra descifrar el canto de amor proveniente de las entrañas de la tierra.
- Soy viento calmo que recorre la blanca pampa, en noches de luna. Mi eterna amiga nocturna. Juego entre las piedras, fierros y madera, entonando suaves melodías, de eternos carnavales.
Te espero.
Otras veces, con rabia infinita arrastro los arenales, formando montículos y cerros, como los ripios que espaldas sudorosas acumularon durante tantos años, de sangre y luto.
Amor, aquí estoy!!, escucha mi canto entre las calaminas dormidas. Te he visto sentado en la misma banca, te acompaño acariciando tu pelo cano…… No has cambiado nada, eras mi vida, hoy eres mi alma.

Les entregué mi cuerpo, mi sonrisa virgen. Te acuerdas. Los acompañé por los barrancos, equilibrando un juego peligroso, mientras nos llamaba el fondo del precipicio. Entre mis brazos acuné sus penas. Puse mis lágrimas en sus ojos secos y cansados.
Hombres recios, rudos, con espíritu de niños traviesos. Amantes impetuosos, bellos, irreverentes, esquivos, protectores.
Siente en tu corazón. Mi amor, estoy pegada al caliche, eternamente.
Te espero.
El “Huaso”, conversa con la derruida banca. Tantos años, que son viejos amigos, y el diálogo fluye suave, como una vertiente cordillerana.
- Septiembre infame, nos dejaste con las guirnaldas balanceándose colgadas del viento, mientras notas desafinadas de jóvenes trompetas, practicaban ritmo marcial.
Nuestros niños alegres, en las casas decoradas, preparados quedaron.
Los trajes del desfile dieciochero, colgados, inertes. Esperando el tibio e inquieto cuerpo infantil, que recorrería alegremente esta plaza.
Malditos, cobardes. ¿Que saben los santiaguinos del norte?. Órdenes de arriba dijeron. Váyanse a la cresta!!!. Somos más chilenos que nadie!!!
Los cartuchos en nuestras manos, clamaron venganza. Nuestro corazón guerrero, lleno de tanta rabia contenida por la injusta represión, nos acompañó cual sonámbulo hasta las puertas del agresor.
Tú, mezclada entre las mujeres y los niños, impidieron que la pólvora cobrara su redención.
- Ven a mi lado, Ricardo, recuesta tu cuerpo dolorido. Déjame sacarte, una vez más, la ropa empapada en sudor.
Hazme el amor con rabia. Bebe la sangre de mis labios, como siempre, cuando tu mano áspera rozaba con fuerza mis mejillas, mientras el polvo amarillento se depositaba lentamente sobre las casas.
- Dónde estás bella mía?, por qué no vienes a mí?. Estoy viviendo sin poder vivir, sólo tu recuerdo es mi suero en la agonía. Sabes?, aún escucho la melodiosa armonía del piano que escapa por entre las tablas del teatro, cuando tus labios sabor a mango eran el preludio de una sinfonía nocturna.
- Estoy a tu lado, como siempre, acariciando tus heridas, bebiendo tus lágrimas. Morí, cuando tú moriste, trascendí cuando reviviste.
Los amantes se encuentran tan cerca y lejanos a la vez. Atrapados por la magia del desierto.
El pampino, mezcla hecha en el rigor del desierto. De sangres, del sur, de los andes, del mar, del otro lado de la cordillera. La familia pampina. Un mundo alejado del chile central. Nació de nuevo en esta tierra, bajo el sol, fiel compañero, duro, exigente, pero amigo inseparable.
El “barreta” Cabrera, escucha entre las resecas tablas: Jamás me iré. Ven a buscarme. Mientras, una mano fría y tibia a la vez, y un canto cálido soporífero lo arrastran a las profundidades blanquecinas de la tierra.
REQUIEM PAMPINO
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