Un Médico Alquimísta, Mary Shelley, y el porqué escribió Frankestein/Moderno Prometeo
Literatura, el 24/06/2011 por El Triangular Magazine
Desde que la novelista inglesa Mary Wollstonecraft Shelley diera vida a Frankenstein, un personaje que ha tenido la fuerza y fertilidad de un mito cultural y excitado la imaginación de generaciones sucesivas, que lo reelaboran continuamente. Seis meses después de su publicación en 1818, Thomas Love Peacock observó que la novela «era universalmente conocida y leída», y en 1823 se representaban en Londres cinco adaptaciones diferentes de la historia. Con el advenimiento del cine, las versiones no han dejado de su-cederse. Sin embargo, los orígenes de tal creación literaria han generado diversas
polémicas en el ámbito académico y todavía hay aspectos oscuros por dilucidar al respecto.

Hasta mediados de los años setenta se tuvo por válida la explicación de Mary Shelley de que había concebido a Frankenstein «soñando despierta». Al parecer, todo empezó en mayo de 1816, cuando Mary y su futuro esposo, el poeta Percy B. Shelley, viajaron con su hijo y Claire Clairmont para pasar unos meses junto al poeta Lord Byron, que se hospedaba en la villa Diodati, en los alrededores de Ginebra. La propia Mary contó en su introducción a la edición de 1831 que fue un verano húmedo y desapacible y la lluvia incesante a menudo les recluía durante días enteros en la casa: «Cayeron en nuestras manos algunos volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés…
Estos cuentos nos sugirieron la idea de escribir algunos por nuestra cuenta, con el fin de distraernos». Mary prosigue contando que decidieron escribir «una historia basada en manifestaciones de lo sobrenatural». Mientras éstos abandonaron el proyecto para emprender una gira por los Alpes, ella no dejó de darle vueltas. Las lecturas que la escritora hizo aquel verano sobre las investigaciones de Luigi Galvani en 1783, para transferir vida a patas de rana mediante electricidad, pudieron aportarle alguna idea para su creación literaria.

También la «ensoñación» que Mary tuvo una noche podía relacionarse con los trabajos de Galvani: «Mi imaginación desatada me poseía y guiaba, y otorgaba a las sucesivas imágenes que se formaban en mi mente una vivacidad que excedía los límites usuales del ensueño. Vi extendido el horrible fantasma de un hombre y luego, a impulsos de alguna máquina poderosa, mostrar signos de vida y agitarse con movimientos torpes, como los de un ser vivo». Cuando Mary volvió en sí comprendió que había hallado lo que buscaba: «¡Lo encontré! ¡Lo que me inspiró temor sabrá atemorizar a otros y bastará con que describa el espectro que me persiguió en medio de la noche!». Al principio pensó en escribir unas pocas páginas redactando un cuento corto, pero Percy le instó a desarrollar más extensamente la idea, que culminaría en la novela titulada Frankenstein o El moderno Prometeo, y que Mary publicaría anónimamente en Londres en 1818. Es posible que la ensoñación sirviera de fundamento para la célebre novela, pero hay diversas teorías que apuntan a un origen diferente.

En los años setenta se hizo un supuesto descubrimiento que diez años después llevó a la publicación de unos documentos realmente asombrosos titulados Los diarios de Frankenstein. Al parecer, dichos trabajos habían permanecido olvidados entre los papeles de la familia Frankenstein en Ginebra, hasta que un historiador suizo los descubrió por casualidad durante una investigación sobre la aristocracia bávara. Se los envió a un amigo inglés, un clérigo residente en York (Inglaterra). Cuando se jubiló, el reverendo Hubert Venables se dedicó a traducir los fragmentos que pudo salvar de unos diarios muy deteriorados, que contenían una historia horripilante: la del doctor Frankenstein, un hombre de gran talento que se creía poseído por una vocación divina para crear «un nuevo Adán» y lo único que consiguió fue desatar las fuerzas del mal. En sus diarios registró su lucha contra
la locura y, sobre todo, contra el monstruo que había creado y documentado con ilustraciones y bocetos detallados. Su contenido hizo dudar al reverendo Venables sobre la conveniencia de publicarlos: «Aunque mal dispuesto a creer que la historia no fuera otra cosa que una ficción extraña y siniestra, tenía cierta cualidad en su presentación que me hizo buscar alguna prueba confirmatoria», expresaba Venables en el prólogo de los Diarios. Investigaciones sucesivas en los archivos parroquiales y catastrales de Alemania y Suiza terminaron por convencerle de la autenticidad de los mismos, y finalmente se los presentó a un editor que se animó a publicarlos. Además de estar ilustrados con los citados bocetos y grabados contemporáneos, también figuraba el único retrato conocido de Viktor Frankenstein, realizado por su amigo Henri Clerval. Puede contemplarse asimismo otro de su madre, Carolina Beaufort. Completan la galería diferentes retratos de los profesores de Frankenstein en la Universidad de Ingolstadt, donde de joven aprendió sólidos fundamentos sobre la naturaleza del electro-magnetismo, y uno de su padre, Wilhelm Frankenstein, respetable abogado luterano que había conseguido hacer fortuna en Ginebra.

Las confesiones de estos Diarios presentan cierto paralelismo con el doctor Frankenstein que Mary Shelley describió en su novela, pero los datos que aporta Venables no permiten dilucidar cómo pudo la escritora conocer aquella historia, aunque al parecer sí existió una familia con ese apellido que habitó en un castillo alemán, pero no en los bosques de Schwarzstein, como recogen los diarios traducidos por Venables. La investigación realizada por el rumano Radu Florescu, catedrático emérito de Historia europea en el Boston College de Massachussets, parece ofrecer datos más fidedignos.

Durante años, Florescu rastreó los pasos que Mary Shelley dio hasta desarrollar el argumento de su novela y, en 1975, publicó el resultado de sus investigaciones en Buscando a Frankenstein. En el libro proponía que Shelley había tomado la idea de los cuentos de los hermanos Grimm que su madre le contara de niña, entre los que figuraba la leyenda de un «monstruo dragón», y también las historias que escuchó sobre una familia que vivió en el castillo Frankenstein, en Darmstad (Alemania). Los escarceos de Viktor Frankenstein con las «artes prohibidas» estuvieron inspirados en Konrad Dippel, notable alquimista que residió en dicho
castillo en 1673 y que, según se contaba, además de producir oro de los metales no preciosos, también intentó crear un hombre artificial y llegó a elaborar un aceite especial que prolongaba la vida.
Florescu ha sugerido que Mary no sólo tenía que conocer la historia de aquel alquimista que vivió hasta 1734, sino que incluso fue a visitar el castillo donde Dippel habitó. Ante tales pruebas, Florescu acusa a la escritora diciendo que «Mary no era tan imaginativa como se ha pretendido. Navegó por el Rhin y las notas de viaje de su hermanastra indican que estuvo en un pueblecito llamado Gernsheim. Desde allí es posible contemplar el castillo de Frankenstein». Su interés por investigar los auténticos orígenes de Frankenstein, llevaron al propio Florescu a realizar el mismo recorrido que había hecho Mary, y entonces comprobó que «Shelley había ido al castillo y conocido al alquimista que había vivido allí en el siglo XVII, cuya autobiografía se parecía tanto a la del Viktor Frankenstein de la novelista». En cualquier caso, incluso aunque no hubiera estado allí, Mary pudo saber de la existencia de Konrad Dippel, ya que no era ningún desconocido para los historiadores de la medicina.

Especialistas en la obra de Shelley como Marilyn Butler, de la Universidad de Oxford, han apoyado la teoría de Florescu, si bien ésta dice cautelosamente que «suena bastante factible». Por su parte, Kim Michasiw, de la Universidad York (Toronto), también coincide con ella al señalar que «era característico de la práctica novelística de Shelley incorporar en sus novelas a personas que conocía, ligeramente modificadas. Así pues, haber tomado como modelo la vida de Konrad Dippel como sugiere Florescu no resulta descabellado». La investigación de Florescu supone un descrédito para Shelley como autora original de Frankenstein, pero no obstante señaló que «Mary tenía un instinto profético ». Las circunstancias históricas y personales de la autora sirvieron de feliz soporte para que diera forma a una idea de importancia fundamental en la naciente sociedad industrial: la suya fue la historia de una creación que estableció vida por sí misma, independientemente del control y expectativas de su creador.
La historia salió a la luz en un momento histórico en que el hombre empezaba a sentir por primera vez el peligro de hacer un daño irreparable con sus propios inventos, cuando los aspectos negativos de la tecnología industrial empezaban a emerger. La propia Mary comprobó cómo las invenciones científicas y los experimentos económicos que habían prometido mejorar la condición humana, eran utilizados para crear un sistema que degradaba física y moralmente a las clases trabajadoras: Si su novela fue una protesta consciente, no lo fue sobre la tecnología, sino contra la tendencia del hombre a dejar aquélla libre de encontrar o crear su propio orden moral. Siempre hemos necesitado mitos para tomar conciencia de nuestra realidad, pero de todos ellos acaso sea el de Frankenstein el que mejor nos recuerde lo peligrosa que puede ser nuestra creatividad cuando se ejerce sin responsabilidad moral.

El subtítulo de la novela de Mary Shelley, Frankenstein, hace referencia a otro antiguo prototipo, el mito de Prometeo, que creó al hombre y luego le fortaleció y cargó con el fuego robado a los dioses. Shelley conocía esa historia, así como la narrada en el tercer capítulo del Génesis sobre las consecuencias del deseo humano por alcanzar el conocimiento prohibido del bien y del mal.
Los comentaristas del texto bíblico y de otro pasaje en el Talmud de Babilonia (Sanedrín, 65b) -que hacía referencia a la forma del hombre antes de que le fuera in-fundida el alma-, daban a entender con claridad que el judaísmo aceptaba la idea de la creación de un hombre artificial. En otro texto hebreo fundamental, el Sefer Yetzirah (Libro de la Creación), se ofrecían diferentes fórmulas mágicas y sobrenaturales para conseguirlo partiendo de un hombre de arcilla. Sin embargo, Mary Shelley pasó por alto tales creaciones y consiguió convertir a su Frankenstein en un arquetipo definitivo, al describir a su creador como un hombre normal sin poderes sobrenaturales. El moderno Prometeo se ha convertido en el siglo XXI en un símbolo de las promesas y peligros del poder no supervisado de todo tipo: tecnológico, militar, político y social.
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