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Percibir, Sentir y Razonar

Los masones del siglo XXI frente a los gobiernos panópticos

Opiniones, el 11/07/2011 por Washington Luis Ulloa Vargas

 
 
 
 
Un reciente artículo de la investigadora en ciencias sociales de la UNAM, Irma Sandoval, publicado en el Universal intitulado “La coartada de los datos personales”, donde plantea los riesgos que incurrimos en México por la opacidad y corrupción de las instituciones en cuanto a la utilización de los datos personales de los ciudadanos por una parte y el oscurantismo de las autoridades gubernamentales respecto de la divulgación de la información por otra, me llamó la atención.
 
El artículo sexto de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos declara que  “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de tercero, provoque algún delito, o perturbe el orden público; el derecho a la información será garantizado por el Estado”.
 
Sin embargo, la práctica dista mucho de la teoría, existe un dramático abismo entre el ideal y la cruda realidad. Los ciudadanos del siglo XXI observamos un desarrollo de las tecnologías a una velocidad nunca antes visto, nos encontramos cada vez más impotentes en relación a los nuevos dispositivos panópticos, es decir, frente a la cultura de vigilancia, control, adiestramiento y castigo en la cual nos encontramos inmersos gracias a las herramientas proporcionadas por la tecnología actual y su uso indiscriminado por los gobiernos.  
 
Esta situación se agudizó de los atentados ocurridos el 11 de Septiembre contra el WTC de Nueva York. Una nueva modalidad de control, propia del siglo XXI y que ve la luz bajo el concepto de Razón de Estado frente al potencial terrorismo es la biopolítica dejando al ciudadano-masa cada vez más indefenso frente a las políticas de seguridad y el falso dilema de vigilancia o inseguridad. Esta nueva ideología política, - la lucha contra un enemigo todopoderoso e invisible -, ha permitido justificar e instaurar a escala planetaria un Estado de Excepción permanente, de máxima seguridad, máxima visibilidad de los ciudadanos, encabezado por el gobierno de los Estados Unidos y replicado de manera globalizada.  
 
En Vigilar y Castigar, Michel Foucault, analiza la función característica del Panopticón, edificio paradigmático de control totalitario en un universo concentracionario, ideado por el filósofo inglés Jeremy Bentham: “Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que el poder se ejerce por entero, de acuerdo con una figura jerárquica continua, en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos - todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario… Conocido es su principio: en la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro, una torre, ésta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción. Tienen dos ventanas, una que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra, que da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de la contraluz, se pueden percibir desde la torre, recortándose perfectamente sobre la luz, las pequeñas siluetas cautivas en las celdas de la periferia. Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar y reconocer al punto. En suma, se invierte el principio del calabozo; o más bien de sus tres funciones — encerrar, privar de luz y ocultar—; no se conserva más que la primera y se suprimen las otras dos. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra, que en último término protegía. La visibilidad es una trampa".

 
Nuestra sociedad contemporánea se caracteriza, paradójicamente y en proporción inversa por una desinformación constante del ciudadano común mientras la vigilancia total ejercida por el Estado, de forma monopólica, se ha convertido en una realidad. El fantasma del Gran Hermano de 1984 de George Orwell ya no es un imaginario paranoico colectivo. La televigilancia (cámaras de video en todos los espacios públicos en el metro, en las avenidas, en los bancos, en los cajeros, en las escuelas, en los centros comerciales, en el aeropuerto, en los elevadores, en los edificios públicos), el control del ciberespacio (detección de emisiones electrónicas y digitales, conversaciones telefónicas, e-mail y sms), los fichajes biológicos (pasaportes biométricos), etc.… nos ponen cara a cara con la desintegración de la esfera de la privacidad. Como lo afirma Reg Whitaker en su libro El fin de la privacidad “las nuevas tecnologías de vigilancia hacen cada vez más transparentes a las personas, y reducen sin cesar los espacios privados en los que la gente, tradicionalmente, se retraía para refugiarse y para dedicarse a sí misma”.
 
Hasta este momento, los ámbitos de la vida privada y pública se habían mantenido estructuralmente diferenciados. Pero, la eficacia coercitiva de las tecnologías modernas  o procedimientos de observación de los individuos ha ido asociándose cada vez más a la terrible posibilidad de maquinarias totalitarias de dominación y destrucción de la libertad y de la intimidad permitiendo una progresiva disolución de la frontera privado-publico.
 
El terror panóptico se ha inmiscuido sigilosamente en nuestro cotidiano. Para Michel Foucault, el mayor efecto del panóptico es inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder, lo esencial es que se sepa vigilado, sin necesidad de serlo efectivamente. El preso, - en este caso el ciudadano -, no sabe si realmente es vigilado pero la sola posibilidad de serlo y de que su actuación pueda ser verificada por el vigilante lo obliga a actuar conforme a las reglas. De tal forma que no sólo es vigilado sino autovigilado.
 
Por una parte, nos encontramos con la máxima transparencia de la vida privada, por otra la máxima opacidad de la vida pública, premisas totalmente ajenas al espíritu de una democracia ilustrada. Todos los mecanismos de vigilancia y control que se puede ejercer a nombre del Estado funcionan con el fin de coaccionar a los ciudadanos y anular el disenso. La democracia es un sistema político que presupone el disenso. Sólo requiere del consenso precisamente sobre las reglas del juego del disenso. Como lo recalca Norberto Bobbio en El futuro de la democracia, esta característica fundamental de la democracia de los modernos se basa en el principio de acuerdo con el cual el disenso, no es destructivo, sino necesario; una sociedad en la que el disenso no esté permitido es una sociedad muerta o destinada a morir.
 
La visibilidad unidireccional ejercida por un Estado voyeurista, potencializa cualquier democracia en autoritaria, reduciendo cualquier posibilidad de ejercer una resistencia civil organizada al mismo tiempo que acalla la voz de la opinión pública frente a los abusos del poder. El Estado como ser divino se hace omnividente, - el ojo de Dios que todo lo ve -,  paraliza cualquier intento de disidencia de los ciudadanos.
La democracia es el régimen del poder visible y uno de los principios fundamentales del Estado constitucional radica precisamente en que la publicidad sea la regla y el secreto, la excepción.
En una dictadura, el Estado utiliza la tecnología y todos los medios a su alcance para vigilar y mantener controlados a los ciudadanos. En una democracia, deberían ser los ciudadanos los que utilizan la tecnología para vigilar de manera constante y efectiva el desempeño del Estado. ¿Quién vigila al que vigila? ¿Quién ejerce el contrapoder?
 
 
En el caso particular mexicano, el Estado ejerce la doble función de juez y partido. En el anexo del artículo sexto constitucional se agrega que: “Toda la información en posesión de cualquier autoridad, entidad, órgano y organismo federal, estatal y municipal, es pública y sólo podrá ser reservada temporalmente por razones de interés público en los términos que fijen las leyes. En la interpretación de este derecho deberá prevalecer el principio de máxima publicidad. La información que se refiere a la vida privada y los datos personales será protegida en los términos y con las excepciones que fijen las leyes”.
 
 
Llama la atención sin embargo que el IFAI (Instituto Federal de Acceso a la Información) sea el único responsable de tutelar simultáneamente los derechos de acceso a la información de protección de datos personales. Como lo plantea Sandoval, esta situación llega a generar una especie de esquizofrenia institucional muy poco saludable. La estricta observación por parte de la ciudanía del actuar de sus gobernantes, más que nunca, es un imperativo categórico, la vigilancia del vigilado es una imperiosa necesidad. Como bien lo señala Bobbio, el poder autocrático no sólo se esconde para no hacer saber quién es y dónde está, sino que también tiende a esconder sus reales intenciones en el momento en el que sus decisiones deben volverse públicas. Tanto el esconderse como el esconder son dos estrategias normales del ocultamiento. Este supremo ideal, en el que se inspira el poder autocrático que pretende ser al mismo tiempo omnividente e invisible radica en una relación asimétrica entre los dos sujetos con respecto al acto de ver y del verse. Quien es visto, no ve. Quien ve, no es visto. El ciudadano es tanto más dócil en cuanto es más escrutable y visto en cualquier gesto, acto o palabra.
 
Frente al criptogobierno y los poderes fácticos alejados de cualquier visibilidad pública, sólo queda un empoderamiento ciudadano, mediante la creación de una red de gobernanza cuya finalidad será facilitar la visibilidad de las intenciones y decisiones del gobierno. No existe duda que la consolidación de la democracia en México y en el mundo pasa por la regulación del derecho a la información desde la sociedad civil y mediante órganos autónomos, que por el momento se encuentran en una fase embrionaria.   
 
WASHINGTON LUIS ULLOA VARGAS
Profesor de Lenguaje y Filosofía
Santiago, Chile
Dirección de correo electrónico:
luisulloavargas@educarchile.cl
Sitio web:
http://www.luisulloavargas.angels.la
 

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