El Triangular Magazine — Informacion, Arte y Cultura

Percibir, Sentir y Razonar

Valentina vuelve a jugar, Valentina vuelve a nacer

Planeta, el 17/10/2011 por Alejandro Ayala

 
 
 
 
En este pequeño relato doy a conocer mi experiencia con Valentina, desde que la descubrimos abandonada en un canal hasta que fue finalmente rescatada del dolor.
Me atrevo a compartirlo por lo significativo que fue para mí haber vivido cada uno de los instantes a que hago referencia y con la esperanza de que contribuya a superar toda inequidad hacia nuestras hermanas y hermanos animales no humanos.
 
 
Valentina.
 
La historia de Valentina es tan triste como todas las que desencadena el abandono de un ser sintiente. Aunque tal vez con un descenlace mucho más alegre que la mayoría de tales historias.
 
Descubrimos a Valentina una mañana de invierno. Alertados por sus aullidos cruzamos la calle. Su voz parecía provenir del canal que rodeaba el estadio de la comuna. 
 
Así era. Ella se quedó muda al sentir nuestros pasos, nos miraba asustada desde una trinchera de basura.
 
Aún no puedo imaginar por cuánto mal habrá tenido que pasar Valentinita para que nos mirara con tanto miedo en esa ocasión.
 
Como es natural, quisimos sacarla. Un canal no es sitio apropiado para que crezca una niña, ni tampoco la basura es material correcto para hacer un hogar.
 
Fue imposible. Tú no querías saber nada del mundo, menos de humanos. Gritabas al menor intento de descender al oscuro canal. Te arrastrabas entre la suciedad y los desechos como un gusanito que busca su alimento hundiéndose en el barro.
 
Debimos alimentarte en el lugar, irnos ganando tu confianza suspiro a suspiro.
 
Para hacerte llegar la comida sin que te sintieras amenazada, debimos inventar un ascensor de soga y canasta. Ocultos detrás de un muro ibamos soltando la soga, dejando que la canasta acercara sus alimentos hasta ti.
 
La canasta tampoco te gustaba, pero al menos no era un rostro humano, lo que más temías dentro de esta dimensión tan llena de amenazas para quienes han nacido de una especie distinta.
 
Con el tiempo, al menos, logramos que nos permitieras verte comer desde lejos. Nos acercábamos silenciosamente. Sabíamos que cualquier error, cualquier paso demasiado fuerte o cualquier brazo que aleteara muy veloz podría hacerte correr hacia el interior del canal, donde había más agua y menos luz.
 
Paciencia no nos faltaba. Pero no todos en este mundo la tienen por igual. Alguien nos miraba a diario desde su ventana, con desagrado.
 
Llegó el día en que esa mirada tras un cristal, y esa cortina semi-abierta, dejó de ser sólo emociones. La lluvia de la noche fue la condición perfecta para la acción. El agua amenazaba con llegar a ti y para una mente que no valora la vida, una ocasión perfecta para deshacerse de un estorbo.
 
Manos que bien podrían haberte acariciado, manos que bien podrían haberte dejado algo de comer, dejaron esa noche una manguera corriendo en el canal del estadio. El destino que habían decidido para ti era morir ahogada esa noche, que tu cuerpo acabara sepultado en un ataúd de mugre al interior de un oscuro canal.
 
Cómo relatar la lucha que nos diste para sacarte de ahí. Cómo imaginar también el terror que debió causarte nuestro ingreso.
 
Pero lo conseguimos. Valentina Valentinita pasó esa noche en nuestra casa. Enrollada como una serpiente bajo su nuevo refugio, la escalera. Sobresaltándose con cada conversación, con cada paso, con cada sombra.
 
Estabas a salvo. Pero aunque tu vida ya no corría peligro, tu mente seguía sufriendo, como si en un infierno se encontrara.
 
Es por eso, que en esta parte del relato, hablaré de tu renacer.
 
 
Valentina.
 
 
Con cada día de convivencia ibas dejando atrás la vida infernal y crecía en ti la llama de una vida de cariño.
 
Cada bocado de comida que aceptabas significaba un duro paso que te atrevías a dar hacia tu renacimiento. Como alguien que ha sufrido un accidente y que intenta volver a caminar, tu mente y corazón luchaban por salir del dolor.
 
Pasaron los días y los años y, poco a poco, pasito a pasito, ladrido a ladrido, suspiro a suspiro, muy lentamente, fuíste aceptándonos.
 
Es difícil renacer. Es difícil abrirle una vez más el corazón a la vida cuando esta nos ha herido tan profundo.
 
Valentina Valentinita. Vino un nuevo invierno y lo pasamos juntos. Día a día iba contigo para que te acostumbraras a mí. Como si fueras el zorro de El Principito que quisiera una distancia decreciente día a día conmigo, así me mirabas. Atenta a mis avances. Oliéndome, mirándome, sintiéndome.
 
Fue largo el camino para llegar a ti. Un largo camino con avances de centímetros diarios. 
 
Hasta que al fin, una buena tarde, pude con alegría ver mi mano sobre tu peludo cuello, mis dedos bajo tu temblorosa barbilla. Mis ojos en tu ojos, y tu lengüita asomándose como el sol que nace.
 
Había sido un triste invierno para mí, muy oscuro en todo sentido. Comprendí que al mismo tiempo que te ofrecía mi cariño, buscando sanarte con él, iba yo también soltando mi carga de penas y decepciones.
 
Con tu gesto comprendí que había llegado a ti, pero tu seguías distante del resto de tu familia no humana. Lo bueno es que ahora me tenías para acompañarte en este nuevo camino.
 
Desde ese momento caminamos juntos al encuentro de Matilde y Princesa, tus compañeras de habitación.
 
Descubriste entonces que una pelota era algo distinto a una piedra. Las piedras que te lanzaron cuando te refugiabas en el canal buscaban herirte, la pelota que yo te invitaba a morder buscaba tu felicidad.
 
Primero la sujetaste tímidamente. Tan débil fue tu mordida que apenas la mantenías en tu boca. Tan débil era tu comprensión del juego que bastaba la cercanía de otro perro para que la dejaras caer.
 
Pero fuiste aprendiendo. Más de alguna vez tomaste el balón en el aire. Valentina Valentinita Valentina, qué alegría verte en aquellos instantes de liberación.
 
Mayor fue mi alegría cuando aceptaste morder el balón a un lado, mientras Matilda lo tiraba del otro. Primero estaba mi mano al centro, sosteniendo y equilibrando fuerzas, esperando a que naciera en ti la confianza. Luego, simplemente les dejé bailar a su gusto.
 
Tan fácil parece ahora, tan veloz y natural. Pero cuántos días, cuántos intentos, cuántos cambios de método necesitamos.
 
Se requirió de años para liberarte del infierno al que un día te lanzamos los humanos. 
 
Pero hoy, que te miro corriendo tras la pelota en el patio, sé que al menos a una cosa buena he contribuído en esta vida.
 
>El camino difícil de la liberación a todos los seres sintientes no promete agradecimiento, no promete premios, no promete ni siquiera respeto. Habrá críticas, habrá ataques. Te criticarán tanto por lo que haces como por lo que creen que no haces. Te dirán que tu trabajo no sirve para nada, que es inútil, que eres un imbécil y que estás loco. Bien lo sabemos todas y todos.
 
Pero si sabes que buscamos lo que es justo, nunca dudes de tu actuar. Te aseguro que bien vale entregarse a los derechos animales, volviéndose blanco de críticas e incomprensión, si al final del camino nos estará esperando, luminosa y llena de esperanza, la sonrisa de una Valentina Valentinita Valentina que vuelve a nacer.
 
 
Valentina.
 

 

PARA VISITAR

Alejandro Ayala polanco

Sitio web


 

 

 

El Triangular en el mundo

© 2009 - 2011, El Triangular Magazine — Informacion, Arte y Cultura, www.eltriangular.info todos derechos reservados.