Aquella Mujer...
Poesía, el 24/08/2011 por El Triangular Magazine
"Que tu corazón y tu mente sean capaces de sentir, de discernir entre la magia y la realidad de lo que detallaré a continuación"
Siguiendo los consejos del Oráculo silencioso de su alma, aquella mujer esperó el día como un voto a través de los andamios del atardecer, y así también esperó la noche envuelta en el manto pardo del ocaso del día.
Sola con su soledad, embriagada por el soterráneo perfume del deseo, como en una oración sinfónica comenzó a desabotonar lentamente su vestidura, la lozana piel quedó al descubierto y el desnudo tenía cierto aire de desplante colmado de un gesto bravo y tierno. Luego, ungiéndose en la fragancia del aceite de almendras y en la mística esencia de las rosas, impregnando con su aroma el ambiente y el contorno de su alcoba como solía hacerlo desde su más etérea juventud, evocó de esta manera a sus diosas protectoras, a todas aquellas entidades pertenecientes a su secreto mundo de mujer enigmática. Sucedió entonces que había algo en esta noche que le parecía diferente, inusual, como desprendiéndose desde las quebradas del misterio y de la eternidad…
Aún así decidió continuar con su ritual tradicional, encendió tres velas: una roja, otra amarilla y la última blanca, posó sus labios sobre cada una de ellas como en signo de prédica y recogimiento, señaló un desconocido símbolo en el aire y el esperma de luz quedó dispuesto de esta manera para absorber toda la cósmica leche y las energías en ebullición, no obstante, había algo extraño en el ambiente y los latidos de su corazón parecían augurarle que esta noche iba a ser muy distinta a las demás.
Pausadamente y con mucho atino se dirigió hacia ese largo espejo que abarcaba y contenía la totalidad de su figura, como atrapándola en el abrazo de su propio reflejo; se detuvo por un instante, sintió el halo tibio de su respiro y lentamente levanto su mirada, no sin temor ni escalofríos ante lo que le esperaba.
Al posar sus ojos sobre la imagen reflejada del espejo, notó que el blanco marfil de su piel relucía y destellaba de mil colores en la penumbra, y que las velas tal como unos luceros coronaban ese destello; sus labios comenzaron suavemente a abrirse dejando traslucir un suspiro que lentamente se transformó en un melódico murmullo:
“Ya no soy una niña...ya es hora de ser una mujer, hace mucho tiempo que me he negado a mi misma, pues no quería dejar de ser esa niña que jugaba con sus sueños para escapar al dolor del mundo. Es hora de caminar, de salir de la senda del olvido y dejarme poseer por las telúricas vertientes del deseo. Hoy es tiempo de libertad, es tiempo de amarme y de amar los libres jardines de donde la primavera brota de mi ser. Basta de sacrificios inútiles y de satisfacciones insatisfechas, es tiempo de Amar…”
Un vez pronunciadas estas palabras mágicas se observó de los pies a la cabeza y de la cabeza a los pies, ningún rincón de su cuerpo escapó a su mirar, sus senos, su vientre, su sexo, sus largas y destiladas piernas todo era el conjunto del más elegante movimiento, de la mas venturosa geografía.
Satisfecha estaba de su encuentro como la miel derramada en los manantiales aprestándose a sacralizar su prueba, pero de pronto algo sucedió, era algo que ya conocía, que muchas veces había visto pero que siempre simulaba ignorar con bastante devoción; esta vez era diferente y no podía evitarlo, tenia por fin que osar mirarlo en la cara, frente a frente, sin huir y sin temor.

Su corazón empezó a latir con fuerza trasformando su pecho en un ramo de corales que de pronto la mar azota, la ansiedad fue apoderándose de su ser, de su joven estado, trémula observó que su otrora blanca piel fue inundándose paulatinamente de luz como si la estuviera cubriendo un manto de estrellas, como si los astros de la noche y del firmamento hicieran escaramuzas en sus venas y que de ellas se desprendieran los destellos del infinito.
Su rostro se volvió un pozo, una fuente de donde la luz nace angulosa y sin contornos, de su boca emanaban relámpagos y el horizonte no era más que un surco sobre la arena, un sollozo. Sus labios rojos dejaron translucir la mas divina sonrisa y su cabellera ondulada de nardo atardecer empezó a crecer como una cascada de ébanos giratorios, todo brillaba a su alrededor, pero lo insólito la miraba, y su mirar era terrible, torvo como el mirar de un hombre que la pena clava a su destino.
De lo más profundo de su alma y de su cuerpo surgió una voz fugitiva, misteriosa como salida de la garganta del caos, del umbrío de la esperanza que le dijo : “no hagas nada, no huyas ni lo enfrentes, posa tus manos sobre él y apacigua su antiguo dolor ”
Fue así que este mirar maldito y enceguecedor desapareció para siempre dejándola cantar como cuando el jilguero se levanta y que la mañana se descuelga en su silbo.
Me dicen hoy que va por el mundo una mujer que no cesa de amar, soñar y esperar...
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